Ago 11 2014

El logro de la sociología. Salvador Giner

Aunque hace diez años que Salvador Giner1 escribió este artículo, El logro de la sociología, publicado en la Revista Internacional Interdisciplinar INTERthesis (V. 1, Nº. 1, 2004) de la Universidad Federal de Santa Catarina, nos ha parecido de sumo interés para aquellos que se acerquen por primera vez al conocimiento sociológico, así como para los que de manera escéptica duden del valor de las aportaciones de la sociología.

Puesto que Cisolog es un weblog principalmente para la difusión del conocimiento sociológico, este artículo de Giner contribuye de lleno a tal objetivo. Salvador Giner es uno de los sociólogos españoles más reconocidos y de los que más ha hecho (y sigue haciendo) por nuestra disciplina. No podemos por menos que estar agradecido a Giner por ello.

El logro de la sociología

Resumen:

El artículo comienza por decir que la conciencia contemporánea no sería la misma sin la presencia de la sociología – una ciencia humana y no sólo social – que es, en el conjunto de las ciencias sociales, la ciencia cognitiva que estudia la condición humana. La sociología es una ciencia multidimensional, su historia es la de una disciplina que acumula conocimiento objetivo. Pero apenas la ética de la objetividad no basta para cultivar las ciencias humanas, ésas ganarán en alcance así como en dignidad teórica sólo si residen en nuestra competencia moral. En resolución nos dice que, la continuidad del modo sociológico en la cultura moderna y su hegemonía presente se justifican sólo si la sociología mantiene su fidelidad a los principios de la intencionalidad racional, por una parte y del humanismo por otro, sin perder entre ellos el espacio de la estructura social de la libertad y de los sueños humanos.

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Nota
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La inteligencia sociológica del mundo humano

La inteligencia sociológica ha consumado su triunfo. Con harta frecuencia, las gentes de hoy entienden su condición desde una perspectiva que podríamos calificar de sociológica, por lo menos en un sentido lato. Es un acontecimiento de primera magnitud en la historia de la cultura humana. Sin embargo la verdadera dimensión de lo sucedido ha pasado más desapercibida de lo que quepa imaginar.

La conciencia contemporánea no sería la misma sin la mera presencia de la sociología entre nosotros. Contemplaríamos el mundo con un talante muy distinto. Hasta lo trataríamos de otro modo si la sociología, junto a las otras ciencias humanas, no existiera. Ciertamente, su paisaje sería mucho más pobre. Pero hay más: sin ellas el mundo contemporáneo no sería lo que suele llamarse ‘mundo moderno’. Éste requiere, para serlo, la presencia vigorosa en su seno de una concepción secular, laica, analítica, afín a la ciencia y moralmente humanista, de sí mismo. Esa concepción es, precisamente, la de la inteligencia sociológica de la realidad. La sociología no es sólo la conciencia crítica de la modernidad1: es parte esencial de ella.

Las ciencias del ser humano como ser social se han anclado con firmeza, y por muy buenas razones, en la civilización moderna. Ello a pesar de que aun abunden quienes se preguntan para qué sirven. Un interrogante irónico que, significativamente, se dirige con frecuencia a la sociología2. Al margen de esta cuestión, que no merece ser soslayada, la prosperidad y buen cultivo de la sociología suelen ser un indicador de la modernidad y calidad democrática de cada país. La sociología, su modo de entender la vida y las cosas, es ya parte esencial del espíritu de nuestro tiempo.

La sociología junto a la antropología, de la que le separan distinciones muy sutiles, a veces ociosas- es, entre las ciencias sociales, la que tiene como misión ineludible estudiar al hombre en toda su complejidad. No les son permitidos aquellos privilegios analíticos de que gozan economistas, politólogos y demógrafos. Estos, por motivos de nitidez metodológica y eficacia, deben abstraer facetas importantes de las sociedades humanas para concentrar su atención, con provecho, sobre aquellos aspectos que son propios de sus respectivas disciplinas: la producción de bienes, o su consumo; la distribución del poder; las tendencias de la población. En cambio, por lo cabal de sus miras, la sociología es, ante todo, ciencia humana, y no sólo social. No puede circunscribirse a una sola dimensión. Es, en el conjunto de las ciencias sociales, la que estudia, por imperativo constitucional, la condición humana. Para ser más precisos, intenta desvelarla, aunque siempre a través del entendimiento racional de procesos de causa a efecto, mediante demostraciones de cómo tienen lugar. La sociología es una ciencia cognitiva como cualquier otra3.

Sobre la condición humana hay posibilidades de decir algo firme desde la ciencia social, mientras que el conocimiento de la naturaleza humana quedará siempre como cuestión abierta e inagotable4, terreno común legítimo para las incursiones de la filosofía, la poesía y también para la pesquisa científica, incluida la social.

Solía ser costumbre referirse con una mezcla de desdén y condescendencia a los pronunciamientos de los primeros sociólogos, del siglo XIX, sobre las virtudes y promesas de su disciplina. Quienes se atribuyeron por vez primera título tan peregrino como el de sociólogo confirieron, con entusiasmo de neófitos, un rango desmesurado a la recién inventada ciencia. Como a la sazón todo era futuro para ella, sus fundadores no tenían porqué amedrentarse ante la miseria de los resultados palpables de sus desvelos. El romanticismo de aquel momento histórico contribuía además a hacer plausible lo que a menudo eran sólo piadosos deseos. Visto aquel episodio con serenidad, comprobamos que el notable logro intelectual de algunos de aquellos fundadores de profético talante no quedó dañado del todo por lo pretencioso de sus afirmaciones sobre la ciencia recién estrenada. A principios del siglo XXI ha llegado ya la hora de conceder un adarme de razón a los fundadores. Veamos porqué.

Por lo pronto, la sociología no sólo sirve como el mejor marco analítico de referencia para lo que, con abstracción, ha dado en llamarse modernidad sino que es, como digo, parte esencial de ella. ¿Es concebible la modernidad sin una sociología, es decir, sin una ciencia que aspire a interpretar el mundo humano social según los criterios básicos de un análisis racional, causal, empírico y público? ¿Puede entenderse nuestra cultura, y hasta nuestra economía y nuestra política, sin lo que para ellas significa la inteligencia sociológica del mundo humano? ¿O lo que significa la imaginación sociológica?5 ¿Es posible poner buen remedio a algunos de nuestros males sin el uso público de la cultura sociológica construida a lo largo de los últimos dos siglos?

El dato bruto del que debe partir la respuesta a estas preguntas es el de que nuestro mundo se suele entender hoy, predominantemente, more sociológico.(Ello no quiere decir que no coexista con otros enfoques, ni que el sociológico los desplace siempre a todos.) La reflexividad – secular, racional, laica- propia de la conciencia moderna, el pensarnos a nosotros mismos, se realiza hoy sociológicamente. Se trata de algo comprobable, a saber, el hecho consumado de la peculiar victoria de la ciencia y la conciencia sociológica en el seno del mundo contemporáneo.

En efecto, ni la consolidación académica de la sociología, ni su relativa popularidad, ni la aceptación de su enfoque para múltiples usas, han sido recibidos con igual júbilo por todos. Unos cuantos ni siquiera han reconocido a la sociología la mínima dignidad que su empresa intelectual merece. Se trata por fortuna de una reducida y decreciente minoría académica o profesional que se complace en descalificarla sin miramientos y cuyos conocimientos de lo que es de veras la sociología dejan bastante que desear. Huérfano su desdén de toda autoridad moral -pues para empezar la conocen mal-para ellos, la sociología es un error, tal vez una pseudociencia descartable. Más que un síntoma, la sociología sería un síndrome de nuestro tiempo. Sería más una derrota de nuestra cultura que el logro admirable que representa. Lástima que no sepan, por ignorancia de la disciplina, sustanciar tal opinión.

En todo caso es cierto que la sociología suscita a veces opiniones encontradas, expresiones apasionadas de apoyo o rechazo. También en este sentido su victoria es incierta, una victoria esencialmente ambigua, compleja. Ha acarreado consigo efectos virtuosos y, a la vez, perversos. No hay, pues triunfalismo alguno en mi constatación de su éxito. Un éxito que incluye el vehemente rechazo de quienes se sienten amenazados o invadidos por la intrusa. Su triunfo, pues, debe definirse neutralmente, como constatación elemental de la intensa sociologización que han sufrido, con pocas excepciones, diversas interpretaciones significativas de nuestro mundo, tanto morales como científicas. Esa sociologización alcanza incluso, de un modo más intrincado, a algunas concepciones que son, en principio, irreconciliables de raíz con la sociología, como sucede con las visiones religiosas o las estrictamente poéticas.

El predominio de lo sociológico en nuestra cultura posee una ambivalencia sustancial. Así, por muy circunscrita que haya sido la aportación de la sociología al saber, su incorporación a nuestros conocimientos e instauración cultural y académica debe ser bienvenida en lo que atañe al acopio de información y al incremento de nuestros conocimientos sobre la estructura social, el poder, la autoridad, la cultura, la economía y la vida cotidiana. Esto es sencillamente demostrable: imaginemos tan sólo en qué quedarían nuestros conocimientos si retiráramos de ellos todo el acervo aportado por sociología. ¿Cómo serían, no ya el saber sobre la sociedad, sino la cultura misma de nuestro tiempo, sin la aportación de Montesquieu, Comte, Marx, Spencer, Simmel, Durkheim, Pareto, Weber? (Por mentar sólo a algunos miembros de las primeras y segundas generaciones.) ¿Cómo hubiera sido la obra de tantos economistas clásicos, de Adam Smith a Schumpeter, y de otros más recientes, como nuestros contemporáneos Olson y Hirschman, si no la hubieran realizado inspirados por un enfoque neto y, con frecuencia, explícitamente sociológico? Lo mejor y más duradero de la economía política clásica, imbuida de razón e inteligencia sociológica, sencillamente no existiría.

Frente al poder explicativo y al aporte modesto pero palpable e incremental de conocimiento que realiza la sociología, se alzan pues algunas barreras mentales todavía. No son siempre fáciles de franquear. Alguna proviene, paradójica e insospechadamente, de la sociología misma. Más precisamente, de la inclinación que sufren algunos sociólogos, por deformación profesional, al reduccionismo sociológico, o sociologismo. Consiste éste en asumir que todo, en mundo humano, es social. Debe, por ende, explicarse more sociológico. Tomemos un ejemplo: la ciencia es la búsqueda de la verdad objetiva según unos criterios teóricos y experimentales que reciben el nombre de ‘método científico’. No obstante, la ciencia se desarrolla según circunstancias económicas, políticas y educativas específicas. Éstas se prestan a un claro análisis sociológico, aparte del hecho de que sus criterios de certidumbre dependan por completo de lo que se dé por válido entre los miembros de una determinada comunidad, formada por profesionales. Todo parece indicar que es así. Por lo tanto la sociología de la ciencia tiene mucho que decir sobre los procesos que animan su existencia, el rumbo que toma la investigación, los descubrimientos que realiza, e incluso los que no realiza. Por causa de ello algunos concluyen que la ciencia ‘no es nada más que’ un proceso social, y aseveran que la ‘verdad’ misma es un mero subproducto de factores sociales o una convención momentáneamente compartida por un colectivo llamado ‘comunidad científica’. Son dos pasos que suelen darse con cierta despreocupación6. Es así como los mismos sociólogos que se horrorizan ante las pretensiones extravagantes de algún fundador histórico de su disciplina caen ahora en la tentación de un imperialismo sociológico no menos absurdo: el del reduccionismo epistemológico de todas las actividades humanas a sus condiciones sociales.

Los abusos del sociologismo desplazan los vislumbres de otros modos igualmente legítimos de explicar la realidad, amén de provocar una comprensible hostilidad contra la sociología por parte de quienes no comparten sus prejuicios. Así pagan justos por pecadores.

La evitación del sociologismo, sin embargo, no presenta mayores dificultades. Además, tiene ventajas, pues las pretensiones cognitivas de la sociología se hacen más comprensibles si se establecen primero los criterios de demarcación de aquello que se presta a explicación sociológica frente a lo que no puede ‘sociologizarse’. Una disciplina que expresa con humildad lo circunscrito de sus pretensiones está en condiciones ventajosas para ganarse el respeto de quienes se topan con ella. Es pues aconsejable que la sociología declare, no sólo su incapacidad de fagocitar o subsumir facetas de la realidad humana que no le atañen, sino también su programa explícito de no intentarlas sociologizar.

Para seguir con el ejemplo de la sociología del conocimiento científico, nada cuesta conceder que sin ciertas condiciones culturales, políticas y económicas previas es imposible motivar a que ciertas personas, los científicos, produzcan dicho conocimiento. No obstante, en puridad, la validez última de sus hallazgos con respecto a su verdad o falsedad no puede depender de forma absoluta de la opinión del gremio al que pertenecen. Ni sólo de los recursos materiales a su disposición. Sostener las regularidades y relaciones que descubre la ciencia, las leyes naturales, son solamente construcciones culturales raya en lo absurdo. La verdad no es solamente un subproducto social. La opinión de que la verdad no es más que una faceta de una actividad social, a la que llamamos ciencia, desafía la razón y el sentido común. Sin embargo, no hay dificultades lógicas mayores en admitir que ciertas actividades (las científicas) generan unos enunciados (las leyes, regularidades y hallazgos) que, con todo y con haber sido socialmente producidos poseen, una vez formulados, una relación con algo, la verdad, que es autónomo de su propia sociogénesis.

La noción de verdad es metasociológica por definición. Negarlo crea más problemas que soluciones, hasta para los mismos científicos sociales o filósofos que hayan preferido abrazar el relativismo cultural más acendrado. Por otro lado, es cierto que los esfuerzos humanos por alcanzarla nos acercan más o menos a ella, sin que logren desvelarla nunca del todo. En una palabra: el proceso de creación de ciencia es ciertamente social; sus resultados son socialmente obtenidos; el consenso que se consigue en torno a lo que posee validez científica es también social; pero todo ello no es óbice para que la verdad misma, desvelada a penas o a medias por la razón humana, no sea independiente de la cultura. Este argumento es impecable: negarlo equivale a aseverar que tiene el mismo contenido de verdad afirmar que el rayo es una descarga eléctrica que aseverar que es una manifestación de la ira caprichosa de Zeus. En ambos casos la creencia es sustentada por una opinión o creencia, pero en el último no hay más fundamento legitimador que una concepción mítica, mientras que en el otro la legitimación depende no sólo de una tradición cultural que es también piadosa (el culto y deferencia a la ciencia) sino de procedimientos racionales y analíticos de validación y refutación empírica, sujetos a una lógica distinta a la que inspira la fe sobrenatural.

Todo ello es así al margen de que no sea trivial, sino sociológicamente significativo, constatar que, para ciertas comunidades, los meteoros son expresiones de las inescrutables intenciones de los dioses. O bien, que para muchos contemporáneos nuestros las posiciones zodiacales de los astros tengan las repercusiones que anuncian los magos mediáticos, según los arcanos de lo que un inefable oxímoron define como ‘ciencia oculta’. Que algunos juzguemos que la astronomía es más fiable que la astrología no justifica descalificar sin más las creencias de los crédulos porque no obedecen a las que la ciencia juzga como fiables. Las supersticiones tienen sus causas y razones. Posee interés estudiar cómo y porqué existen. Negarlo obedece a otra falacia, propia de la ideología cientifista, que no científica. Los cientifistas (no los científicos) suelen ignorar el conocido teorema sociológico de que, al margen de la verdad o falsedad intrínsecas de una creencia, ésta tiene consecuencias reales para quienes la poseen. Así, incontables seres humanos han perdido vida y hacienda al ser definidos como ‘herejes’, ‘brujos’, ‘disidentes ideológicos’, ‘heterodoxos’, miembros de una ‘raza inferior’ y otras suertes de demonización. Las gentes sufren en nombre de ortodoxias y presuntas verdades que luego se desvanecen sin dejar más rastro que el imperecedero recuerdo de su horror. Pero nunca fueron gratuitas las ortodoxias ni las falsas creencias.

Es tarea de la sociología –que ha cumplido con creces- dar cuenta y razón de porqué hay creencias falsas que no obstante las gentes han tenido por ciertas. Ello ha acaecido, sobre todo, cuando tales creencias han sido útiles para alguien y ese alguien ha logrado imponerlas en su esfera de dominio o influencia. Lo útil y lo verdadero sostienen una relación contingente.

Para volver al asunto del prejuicio antisociológico: éste es el aliado inconsciente de la inclinación poco edificante a identificar todo saber científico con la indagación experimental propio de la ciencia natural. Considerar que esa indagación posee el monopolio del acceso a la verdad es el peor error de la predominante ideología positivista. Los daños que ha perpetrado este prejuicio son difíciles de exagerar por ser precisamente el modo sociológico genuino uno de los más fértiles, entre los contemporáneos, para concebir cabalmente la realidad humana. Es un modo que, sin rehuir ni menospreciar la investigación fundada sobre métodos empíricos, cuantitativos y propios de la ciencia natural (cuando son factibles)echa también mano de otras herramientas de comprensión y explicación rigurosas.

Es por ello por lo que el enfoque sociológico tal vez sea hoy el más capaz de entender como un todo, sin fragmentaciones, al hombre moderno y su condición. Contra una opinión bastante general, la sociología no fragmenta, como hace la ciencia natural. Contempla a los seres humanos – una vez rendido el tributo que el espíritu analítico, racional y empirista exigen – como entes inescindibles y partícipes activos en la creación de su propio mundo. Por eso cabe afirmar que las ciencias sociales poseen una tarea simultáneamente moral y científica que es exactamente lo contrario de la que imaginan quienes les acusan de fragmentar, diluir y relativizar.

Cierto es que la cultura epistemológica moderna suele escindir, fragmentar, atomizar7.Pero está aún por demostrar que el estudio sociológico de la humanidad contribuya a intensificar esos procesos. Al contrario, a lo que la inteligencia sociológica contribuye es a la restauración de una visión, quizás trágica, pero ciertamente unitaria, del hombre y su condición. Nada en esa inteligencia conspira para diluirnos como seres dotados de identidad, subjetividad y hasta de algo al que pueda llamarse espíritu. Mas bien al contrario.

La sociología ha sabido asumir casi siempre y de buen grado su dependencia y hasta parasitismo de los aportes realizados por otros modos de indagación8. Ello sin perder su identidad como disciplina identificable y distinta. (A despecho de que algunos – entre sus clásicos, el mismo Durkheim -hayan intentado aislar unas reglas específicas del método sociológico así como dotarlas de un objeto radicalmente diferente de los de cualquier otra disciplina.) Lo interdisciplinario no constituye un escollo para un enfoque como el suyo, que rara vez rehuye los atractivos de la hibridez, aunque tampoco abdique de poseer un perfil distintivo. Los sociólogos saben que el postulado de la interdependencia de todo fenómeno social les obliga a saquear sin miramientos lo que puedan decirle economistas, demógrafos, historiadores, geógrafos, filósofos, etnólogos, lingüistas y sociobiólogos. Si algo les está vedado es aislar un sector único de observación y encastillarse en él. Si esta hibridez es una servidumbre, bienvenida sea.

La sociología no ha conseguido establecer grandes leyes sociales, ni precisas regularidades históricas, ni ecuaciones que expliquen satisfactoria y plenamente procesos sociales complejos. No sabe predecir con exactitud lo que vaya a suceder. En ello no va en zaga de las demás ciencias sociales. No hay más que considerar las predicciones de demógrafos, politólogos y economistas para constatarlo. No obstante, abundan los casos en que la sociología ha logrado explicar procesos sociales complejos de un modo mucho más satisfactorio que el conseguido hasta ahora con las herramientas propias de otros campos. Ha avanzado un buen trecho en la explicación científica de cómo ocurren ciertos eventos y cómo nos comportamos. Aunque no siempre sepa decirnos del todo porqué ocurren, sin olvidar que no faltan ejemplos en que lo consigue convincentemente9. En esto participa plenamente de la dificultad que aflige a economistas, antropólogos, historiadores y politólogos por igual. Con mayor o menor fortuna intentan todos comprobar hipótesis, pero rara es la vez en que consiguen enunciar leyes causales10. Ciertamente no lo logran algunos modelos econométricos ni tampoco ciertas teorías gaseosas de la historia, cuyos tenues vínculos con la realidad les eximen de la vulgar servidumbre de tener que habérselas con los hechos.

La explicación rigurosa y empíricamente fundamentada de cómo se ha producido un acontecimiento social justifica por sí sola las ciencias humanas. Saber precisamente qué acaeció -aunque no alcancemos a saber del todo porqué- ha sido ideal de historiadores, arqueólogos, etnólogos y tantos otros. Enriquecerlo, además, con un modelo interpretativo plausible, reforzado por categorías conceptuales claras, ha sido una aportación característica de la sociología. Su mejor tradición ha exigido conceptos rigurosos de nociones tan dispares como son ‘capitalismo’, ‘xenofobia’, ‘feudalismo’, ‘burocracia’, ‘clase’, ‘revolución’, ‘movilidad social’ y tantos otros. El hecho de que no pocos de ellos hayan sido acuñados como neologismos por la sociología y hayan entrado luego en el lenguaje corriente es bastante revelador de la penetración de su imaginación y vocabulario en el mundo contemporáneo. No todos saben que cultura(en su sentido moderno), feudalismo, xenofobia, sinergia, y tantas otras expresiones, son fruto del esfuerzo de científicos sociales por acuñar vocablos neutros, claros y distintos, que eviten el desaliño conceptual que sólo genera pensamiento confuso.

El futuro de las ciencias propiamente humanas, la antropología y la sociología, merced a todo ello y a la calidad de su aportación a un conocimiento cada vez más fiable de la sociedad, está asegurado. Los progresos de la sociobiología, de la ciencia cognitiva, del neoevolucionismo, así como los de las demás ciencias sociales, no han socavado la sociología. Al contrario, la han reforzado y enriquecido, merced a la conversación de unas con otras. En esa conversación está empeñada más que ninguna otra la propia sociología.

La sociología ha cumplido pues con su promesa elemental: la de avanzar en el conocimiento de su objeto. No es éste el lugar para confeccionar un inventario exhaustivo de sus logros. Baste recordar que ha desentrañado un buen número de procesos sociales específicos, para describirlos y analizarlos a menudo con convincente tino y objetividad, dentro de márgenes de error cada vez menos escandalosos. Cualquier persona curiosamente honesta comprobará sin dificultad que la disciplina, sencillamente, ha progresado a través del tiempo. Continúa haciéndolo. Muy a pesar de la brillantez y profundidad de la aportación de sus clásicos, la sociología no ha tenido una Edad de Oro seguida de una decadencia más o menos suave11. No ha sido nunca una moda ni tampoco un episodio.

La historia de la sociología no consiste en una mera sucesión de escuelas, especulaciones y opiniones. Es la de una disciplina que, con las consabidas dificultades, acumula conocimiento objetivo. Así, sabemos hoy mucho más que ayer sobre de los entresijos de la desigualdad social y los incesantes conflictos a que da lugar; sobre la dinámica y fases de las revoluciones políticas, o de las científicas; sobre el influjo de las creencias y actitudes religiosas sobre la economía; sobre las causas económicas o políticas de la delincuencia; de los efectos educativos y culturales de la televisión; sobre los procesos migratorios internacionales, las desigualdades transnacionales, la evolución de la familia y el parentesco, los efectos de la educación sobre la demografía y la desigualdad de género. Y así en una muy larga sucesión de ejemplos. Ayer sabíamos más que anteayer sobre éstas y otras muchas cosas. Hay pues, claramente, un avance. Un avance no sólo de lo que podríamos llamar la conciencia sociológica del mundo, de la reflexividad, sino también un progreso real de nuestros conocimientos empíricos12. Es un progreso desigual, arduo, en el que con frecuencia hay que volver a empezar. En él cabe amplio espacio para la disputa, la fértil refutación, la innovación y el desacuerdo. Pero es, a la postre, un progreso constatable que se halla más allá de toda duda. Para justificar el arte sociológica, basta.

Ése es el aspecto unívoco de la victoria sociológica o, dicho con la debida modestia, de su simple éxito o demostración de competencia como disciplina. El progreso en el conocimiento objetivo es la prueba del fuego de toda tarea que se llame científica o que, como la sociología, aspire a serlo sin pretender alcanzar las certidumbres que otros saberes suministran. Sobre la sociedad y sobre la naturaleza de nuestra condición por pertenecer a ella sabemos aún muy poco, pero ese poco es mayor hoy que antaño. Tal progreso lo debemos, en gran manera, a las ciencias humanas y a la sociología en particular. Merced a ese hecho bruto se justifica con plenitud el siempre anfibio oficio de quienes las cultivan.

La hegemonía del modo sociológico

Ha habido y hay, pues, un progreso modesto y desigual, pero innegable, de la sociología como tarea dedicada al estudio a la vez teórico, empírico y de aspiración científica de la realidad social. Frente a él hay otra corriente que tal vez tenga, a la postre, mayores repercusiones. Se trata del predominio creciente de la perspectiva sociológica sobre la mentalidad y cultura modernas.

Tratase de algo que, de un modo inesperadamente irónico, da hoy alguna razón a quienes asignaban a la sociología, cuando la instauraron, una función hegemónica sobre la naciente civilización del futuro. El predominio progresivo del punto de vista sociológico sobre la mentalidad moderna es un fenómeno ambivalente. No todas sus consecuencias son buenas, ni enriquecen nuestra vida y conocimiento. Veamos cómo y porqué.

Para sus fundadores la instauración de la sociología entrañaba la culminación de la modernidad, el dominio del hombre sobre su propio mundo a través de un conocimiento fehaciente de su propia sociedad. Poco a poco, durante los dos últimos dos siglos y medio -¿a partir de Montesquieu? -se ha ido extendiendo cada vez más una inteligencia sociológica del universo humano. Es ésta la que ha venido predominar en la cultura de nuestros días. Para bien y, en algunos casos, para mal. No afirmo con ello que lo que podría llamarse modo sociológico de inteligir haya desplazado a otros modos. Digo solamente que éste ha impregnado, imbuido y, como mínimo, teñido de su propia perspectiva y lenguaje la mayor parte de las facetas de la cultura contemporánea. En varios casos señalados éstas han sido afectadas de manera tan radical por la mera existencia de la inteligencia y percepción sociológicas que las repercusiones se han hecho difícilmente reversibles. Por lo pronto, la invasión sociológica se ha hecho obvia en los campos de conocimientos afines a su práctica. Así, es innegable que una parte muy considerable de la filosofía (la ética, la epistemología, la filosofía política, la del lenguaje, la estética) se halla influida por el modo sociológico13. La economía, la etnología, la lingüística, la historia, no son ya lo que eran por causa (o por culpa) de la intrusa.

Paralelamente a esta difusión de la inteligencia sociológica por los demás campos del saber, también se fue esparciendo ese modo de entender y explicar por otros ámbitos. Prensa, televisión, empresas, finanzas, gobiernos, asociaciones cívicas, ejércitos e iglesias han sido influidos por el enfoque sociológico en la percepción de su entorno y en la elaboración de sus estrategias e intenciones. El ‘informe’ o el ‘estudio’sociológico previo a sus actuaciones es de rigor a cada paso. En el mejor de los casos la imaginación y, en el peor, los lugares comunes y banalidades sociológicas penetran hoy las más diversas esferas de nuestra cultura. La sociología, en el sentido más lato y hasta impropio de la palabra, está presente en las interpretaciones periodísticas de muchas noticias, en la explicación mediática de porqué acaecen las cosas que merecen incluirse en la crónica de lo sucedido y ser divulgadas. Del mismo modo que la economía ha invadido el discurso público para explicar sus propios altibajos, las migraciones, el fanatismo religioso, los enfrentamientos bélicos, el imperialismo, la pobreza, los combates por recursos escasos, la sociología se usa con iguales propósitos. Naturalmente, ello entraña a menudo una intensa banalización del material original sobre el que se apoyan los argumentos para la acción. Se produce así la paradoja de que un acopio de datos presuntamente fiables genere una visión pobre o tergiversada de las cosas.

Es dudoso que pueda evitarse del todo este efecto perverso de la actividad sociológica. Ello no impide, sino al contrario, que debamos cejar en el empeño de frenar la degradación, cuando acaece.Significa solamente que debemos percatarnos del peligro. De la sociología echan mano directa o indirectamente las políticas sociales de los gobiernos, los planes de enseñanza pública, los de sanidad y medicina, ciertos movimientos sociales, innumeras ideologías -feministas, pacifistas, ecologistas, libertarias, reaccionarias -y empresas de toda suerte, empezando por las dedicadas al mercadeo y la publicidad. Hay pues una obvia incorporación de lo sociológico, o lo que pasa por serlo, a algunas de las actividades más características del presente.

Ello pone de manifiesto una fuerte corriente hacia la sociologización de la cultura. Ésta afecta a nuestros hábitos públicos y privados, de vario signo político. Por eso es imposible sostener lo que algunos llegaron a achacar a la sociología en cierto momento: ser expresión de la ideología reaccionaria y servir los intereses sórdidos del poder o de las clases dominantes. No pasaría mucho tiempo para que en algunos países aparecieran políticos conservadores que sostuvieran lo contrario, que la sociología era refugio para peligrosos radicales de izquierda, enemigos del buen orden liberal y amigos de un socialismo totalitario. Entrambas posiciones eran y son insostenibles.

Por lo pronto, nadie ha criticado con mayor dureza que los mismos sociólogos el peligro ideológico a que se halla expuesta su propia disciplina14. Si bien escasean quienes hayan indicado los efectos perversos a los que podría conducir una excesiva sociologización de nuestra concepción de la vida, ha cundido la alarma respecto al peligro de que la sociología sucumba a las servidumbres de sus presuntos amos o manipuladores. No fueron pocos los sociólogos que llevaron esa alarma a extremos de crispación que hoy se nos antojan desatinados. (Sobre todo si tenemos en cuenta que el bies ideológico de los sociólogos no ha sido nunca mayor que el que hayan podido poseer los economistas, historiadores y filósofos. Hasta cabría demostrar – tarea aún pendiente -que los sociólogos, por lo general, son algo menos inmunes que otros científicos sociales a las tentaciones nocivas de la ideología.) También han criticado algunos sociólogos a sus propios colegas por otras prácticas perniciosas, como la de crear opacidad a través de explicaciones oscuras de la realidad social en vez de hacer más inteligible el mundo15. Con ello han cumplido un deber profesional que mejora la calidad de su propio oficio.

Hay que aceptar con resignación que las ciencias humanas, como cualquier otra actividad de escrutinio e interpretación que conlleve juicios morales, son vulnerables al estrago ideológico, del signo que sea. Como lo son a la vulgarización y a su uso instrumental por quienes poseen recursos o poder, pero carecen de preocupación moral alguna por la integridad de las disciplinas de cuyas técnicas echan mano según les convenga. Por eso es un error recomendar una ‘sociología crítica’ que nos libere de tales servidumbres. Como si fuera posible otra. Toda sociología que merezca tal nombre debe incorporar su propia crítica así como llevar a cabo una crítica del universo social que contempla. Es comprensible que, durante un tiempo, y como reacción ante la excesiva asepsia proclamada por varias ciencias sociales como ideal de indagación, surgieran una ‘economía crítica’, una ‘sociología crítica’ y una ‘antropología crítica’, entre otras16. Mas también es cierto que la expresión es redundante.

Lo decisivo en estas materias no es el bies o la tergiversación a que pueda prestarse nuestra tarea si cae en malas manos o es comprada o financiada por gentes sin escrúpulos. Lo que cuenta aquí es exactamente lo contrario, a saber, la probada inclinación de las ciencias humanas por liberarse de las servidumbres de la ideología o de la subordinación a otros intereses que no sean los de desvelar verdades. La capacidad de autoanálisis de la sociología es su garantía de competencia.

La crítica inmisericorde que han ejercido los sociólogos contra cualquier veleidad ideológica a la que puedan sucumbir ellos mismos o sus colegas les hace honor17. Ello contrasta con la mesura, exquisitez y prudencia con que otros científicos sociales suelen tratar sus propias disciplinas. Sería extravagante atribuir la apasionada inclinación autocrítica de muchos sociólogos a un hipotético masoquismo gremial. Es más sensato suponer que la misma hegemonía cultural – compartida con la visión mediática -que ocupa hoy el modo sociológico conlleva exigencias y expectativas que generan tensiones endémicas. Éstas, a su vez, favorecen actitudes de hostilidad y frustración hasta entre los mismos que lo ejercitan por oficio.

Las dificultades metodológicas de estudiar hombre y sociedad como todos inescindibles y como redes de interrelaciones – y no sólo como haces de fenómenos aislables, demográficos, económicos, políticos, psicológicos -no ayudan a paliar los aspectos inquietantes de esta situación. Ni tampoco ayuda la misma posición ambigua del sociólogo en su mundo, tan favorable a que en su ánimo anide una conciencia desdichada. Su propio empeño induce a ella, pues consiste en estudiar lo más complejo con herramientas deficientes y, además, tener que habérselas con seres rebeldes a la observación, que se sienten libres y responsables. Por si ello fuera poco,la mundanidad de la sociología no la hace inmune, sino al contrario, a la contaminación ideológica ni a las presiones de intereses particulares. Pero también es cierto que la razón sociológica – como demuestra la constante autocrítica a que se entregan los sociólogos -ayuda a que las ciencias sociales se sobrepongan a estos riesgos y gajes del oficio.

Volvamos al hecho de que en su expansión contemporánea la sociología suele sociologizar cuanto encuentra a su paso. No sólo las humanidades, las ciencias, las artes, la política y los medios de comunicación (en diverso grado y manera) sino también las ideologías mismas se tornan cada vez más ‘sociológicas’18. Estamos pues ante un caso claro de alguacil alguacilado. El sermón religioso,el argumento político, el razonamiento económico, ecologista, moralista y hasta periodístico se hallan hoy impregnados de razones de pretensión sociológica. No hay que esperar a que se desencadene una campaña electoral para recibir una lluvia de datos, resultados de encuestas, apelaciones a la ‘realidad social’ o las ‘necesidades de la sociedad’ y advertencias sobre tendencias sociales perniciosas. Todo el alud se halla imbuido de sociologismo. Tanto el discurso público como el privado van henchidos de él. Claro está que en el lenguaje de los ideólogos no han desaparecido ni la patria, ni la invocación metafísica, ni las llamadas a misiones históricas o principios sacros, tanto en la plaza pública como en la mediática. Sin embargo, ese lenguaje se ha complicado (y secularizado) con el uso del idioma mundano y cientifista de una sociología popular. Los ‘datos’ y argumentos que suministra aparecen, cuando conviene, como último tribunal de apelación. Como aparecen también los de la ciencia natural popularizada, cuando conviene a alguien. La legitimación del comportamiento y de las cosas mediante lo que pasa por ser científico se produce así a todos los niveles: es parte esencial de la modernidad. Secularización y laicidad han entronizado los resultados de la ciencia como fuente cognoscitiva soberana.

Acuden hoy a la legitimación presuntamente sociológica de sus intereses más mezquinos incluso quienes niegan a la sociología el poco pan y menos sal científicos de los que ella misma afirma poseer. (Sus pretensiones científicas son mucho más modestas de lo que imaginan quienes sólo la conocen de oídas o de malas y apresuradas leídas.) La frecuente invocación a encuestas, estadísticas, dictámenes e informes sociológicos se ha convertido en la munición cotidiana de los más diversos poderes y dominaciones. Así, una iglesia hostil al gobierno encarga un estudio sobre la pobreza en un país, con el que consigue anunciar cifras elevadísimas de miseria en él; un ministerio gubernamental responde entonces encargando otro, y las cifras resultan más bajas. Unos miden y juzgan el paro obrero de un modo, otros de otro, y nunca hay acuerdo sobre el tamaño del empleo encubierto. Unos llaman ‘crisis’ a lo que otros definen como ‘recesión’. Unos afirman demostrar la necesidad de la inmigración laboral foránea, otros su riesgo. Y así sucesivamente. Se almacena de tal guisa munición pretendidamente sociológica para todos los gustos e intereses. Lo significativo, empero, no es que discrepen entre sí los dictámenes y juicios que se emiten sobre unos mismos hechos, sino que todos ellos coincidan en lo mismo, en ser o aparentar ser sociológicos.

Escasean las cuestiones que no se presten a traer a colación argumentos de pretensión sociológica para reforzar las posiciones respectivas de las partes. Las condenas del aborto o la eutanasia por apelación al mandato divino se encuentran entre los pocos ejemplos de argumentación que en algunos países todavía permanecen inmunes a las consideraciones mundanas extraídas de la sociología. Significativamente, las asociaciones cívicas altruistas que osan enfrentarse con estos asuntos echan mano ellas mismas en algunos casos de la sociología para poder argumentar a favor de su causa.

Entrar en la plaza pública y formar parte de sus debates entraña obvias ventajas para la sociología – su legitimación como algo fiable frente a meras opiniones interesadas o intuitivas – pero también riesgos. Uno de los más graves por lo difícil de identificar es el del sociologismo difuso, es decir, el de la banalización sociológica del mundo. Por fortuna son riesgos que no invalidan, ni mucho menos, la tarea sociológica en sí. Al contrario. Sólo hacen más urgente para ella la serenidad, imparcialidad y parsimonia con las que tiene que avanzar en sus pesquisas y en la emisión de sus juicios.

No hay lugar pues para achacar genéricamente a los sociólogos el sociologismo difuso,a veces larvado y otras, trivial, que abruma la cultura de nuestra época. Ese sociologismo – y no la sociología misma – es lo preocupante. En contraste con él y con los estragos que causa, la razón sociológica, es decir la interpretación del hombre en términos de análisis racional a la vez que ético de su condición social, es uno de los aportes más sólidos realizados por la cultura de nuestro tiempo. Una cultura que, insisto, no sería ni sombra de lo que es sin la presencia central, en ella, de la sociología.

Nos encontramos, pues, ante dos cosas muy diversas, opuestas entre sí, de las cuales una es tergiversación mundana de la otra. La sociología banal y venal es precisamente lo contrario de la genuina. Esta constituye una tarea seria y, como tal, irónica. Una tarea necesaria para la comprensión de los seres humanos en los tiempos modernos.

Ni la sociología es una sola ni los sociólogos pertenecen a una misma escuela ni a un mismo modo de hacer. Solamente las servidumbres de la claridad me han obligado a hablar de ellos, hasta aquí, como si formaran una comunidad unitaria. He dado por supuesto que la variedad interna de su disciplina y la de sus cultivadores era obvia, pero no he olvidado que existe. El pluralismo interno de toda disciplina creadora y activa es inevitable y fértil. En nuestro caso, no invalida lo dicho hasta aquí, por ventura.

Las ciencias humanas en pos del interés común

La sociología ha sido una auténtica adelantada en la conspiración universal moderna por derrumbar y disolver la ontología, por reducir cosas a fenómenos, fenómenos a datos, datos a sombras de sí mismos. Nada más natural, pues, que haya sido usada como un arma más en este notable evento que caracteriza la vida intelectual y cultural de nuestra época.

Nadie ha sabido describir tan bien como la propia sociología el proceso mediante el cual la ciencia natural primero y las ciencias humanas y sociales después han venido a desencantar el mundo, a ponerlo en manos de la razón instrumental y analítica para permitir al fin y al cabo el triunfo de la ideología cientificista.

Si la ciencia ha desencantado el mundo, a la sociología ha correspondido desempeñar una tarea protagonista en el acontecimiento. Paradójicamente, es también a ella a quien le queda la faena – compartida con otras disciplinas – de recuperar el equilibrio perdido, reinstaurando de algún modo una concepción científica y racional de la vida y del mundo que sea congruente con las propiedades perennes del espíritu humano. Si bien no le cabe la tarea de reencantarlo en términos premodernos, sí tiene la de devolver al hombre su importancia como ser libre y responsable en un universo dominado por el determinismo. Veamos porqué.

La sociología más conocida por el público es la positivista. Es precisamente la que niega, por definición, la idea que acabo de expresar. Eso sí, suele ser la más presentable ante aquel sector de la comunidad académica dedicada a la ciencia natural que se halla menos familiarizado con las complejidades de la ciencia social. Es la preferida por administración pública, políticos, empresas, consultorías privadas, industria y medios técnicos de comunicación. Mediante ella obtienen información directa, sencilla, fiable, útil y maleable.

Tal sociología es la primera en entender su objeto, ‘la realidad social’, como mero haz de factores e interrelaciones entre factores, las más de las veces agregables. Identifica información con acopio y análisis utilitarista de datos. Confunde datos con hechos. Su concepción de las cosas es factorialista y relativista. La ideología que en ella subyace es la del factorialismo. Su credo es el de que lo único que hay son datos sobre factores materiales y relaciones entre factores. Hasta la conciencia humana, si llega a tenerse en cuenta, es un factor más del entramado. Se identifica con las actitudes palpables a través de las que se expresa: preferencias y rechazos concretos, computables y observables. (Mediante comportamientos cuantificables, demoscopia y encuestas de opinión.) Para esta concepción lo único significativo es el comportamiento detectable y cuantificable, así como el gestionable. El conductismo, epítome del positivismo, es para esta suerte de sociología la única doctrina aceptable. La encuesta y la estadística, sus herramientas preferidas.

Para el poder político y económico así como para la plaza pública nada importa que el positivismo radical haya sufrido una refutación severa por parte de la epistemología contemporánea, con su consiguiente descrédito en el campo de la filosofía de la ciencia. Tal descrédito queda confinado a aulas y seminarios académicos, a revistas especializadas y a tratados que jamás alcanzarán la plaza pública. Lo crucial, en el orden de cosas en que poder y opinión pública se mueven, es que este positivismo haya conseguido su favor, al demostrar su utilidad como arma arrojadiza o como simple herramienta para su uso interesado. Ello ha creado la fuerte demanda que da sustento a un sinnúmero de practicantes de la indagación social más utilitaria. (Y más servil.) Curiosamente, ni por asomo, merece reprobación alguna, habida cuenta que el buen acopio de datos y la distribución de información fehaciente constituye algo siempre muy deseable.

Como cultivador de estudios en los que el uso de sondeos de opinión, estadísticas, cuestionarios y análisis multivariados ocupa gran parte de mis desvelos, sería absurdo, o cuanto menos sospechoso, que intentara descalificar esa tarea. Mis objeciones no van por ahí, sino contra el hecho de que el positivismo se haya constituido (y no sólo en sociología) en ideario incuestionado, en el sentido común del homme moyen sensuel de nuestra época. El riesgo que corremos es llegar a persuadirnos de que los datos procesados por los informes y sondeos sociológicos respondan y agoten todos nuestros requisitos cognoscitivos, nuestra inteligencia sociológica.

La sociología positivista se ha convertido en artículo de primera necesidad. (¡Y hasta en artículo de fe!) Es una forma relativamente objetiva para conocer datos e inferir hechos. Al mismo tiempo el factorialismo hegemónico de la cultura de hoy le ha asegurado un puesto como referente y legitimador permanente para nuestro fantasmagórico Zeitgeist, dado que la interpretación tergiversada de los datos no ha sido aún conjurada. Las pesquisas sociológicas suministran información para una cultura cuya idea del conocimiento se confunde con la del dominio, adquisición y digestión de datos (data processing), frecuentemente sin visión alguna de su significado moral, ni de su modo de asimilación en la propia sociedad. (Sus nuevos nombres de moda, – ‘sociedad de la información’ o ‘sociedad informacional’ – se pronuncian apenas sin ironía, como parte del vocabulario de la cultura, es decir, de la tecnocultura, que les es propia20.)

El positivismo ideológico nos hizo apenas ayer adoradores del dato, ensalzadores de unas entidades llamadas ‘hechos’, fueran éstos reales, virtuales, o manufacturados. Hoy, además, nos hace adorarlos merced a su capacidad de almacenamiento, manipulación y transmisión informatizada. Nuestra incapacidad de ponerlos en tela de juicio justifica una aseveración tajante sobre la radical pobreza de nuestro huero Zeitgeist. Esa incapacidad es la que nos permite sospechar a veces que el espíritu de nuestro tiempo consiste en no tenerlo.

Aquellos científicos sociales que compartan mi diagnóstico se hallarán agraciados por una sana conciencia desdichada. Sería comprensible entonces que algunos de ellos se sintieran inclinados a abandonar la liza y dedicarse a mejor causa. En tal caso, y con el mayor respeto, recomendaría para disuadirles que se percataran de que existen límites a la expansión del factorialismo positivista y del pragmatismo empresarial. Por lo pronto, sus propias consecuencias perversas hacen pírrica su victoria. Una sociología confinada al informe neutral, al sondeo de opinión, a la ordenación estadística de los datos y a su cruce sistemático puede, en el mejor de los casos, reflejar un importante logro de la mentalidad moderna: el respeto a una información que aspira a la imparcialidad y a la objetividad. (Hay que insistir: la crítica sensata al positivismo no debe conllevar objeción alguna contra el acopio y presentación analítica de datos y hechos, sino al contrario). En el peor caso, sin embargo, el positivismo degenera en una tarea de almacenamiento infinito de información que evita, cuidadosamente, el hecho más decisivo acerca de los seres que las ciencias sociales estudian, el de que son entes morales.

Afirmaba Edward Shils que la sociología no es “una ciencia normativa según la opinión sensata pero simplista que distingue entre ‘norma’ y ‘hecho’, puesto que posee las mayores implicaciones éticas – y con ello, políticas -en virtud de su construcción de los elementos de la acción humana”. Y añadía: “La existencia del hombre como ser moral y racional es un hecho de orden diferente al de su existencia como ser biológico. La percepción de tales propiedades se hace posible sólo a través de órganos que incorporan nuestras facultades morales y racionales”. Además del hecho de que la sociología, según él, posee implicaciones morales y políticas merced a las tradiciones ancestrales que la orientan21.

Una parte sustancial de la sociología que hoy cultivamos obedece a estos criterios, y no a los del positivismo vulgar. Sabe respetar las exigencias del trabajo empírico y el rigor de la pretensión científica que inspira su empresa pero sabe también eludir las redes del positivismo a ultranza y de la ideología cientifista hegemónica22. No parece pues imposible mantener la fidelidad que no pocos sociólogos guardan hacia las intensas intenciones morales propias de sus clásicos. Hay pruebas fehacientes de que esa fidelidad continua gozando de una presencia vigorosa. Una parte crucial de la sociología está empeñada más que nunca en el estudio de los problemas más graves de la humanidad – desde el hambre hasta la violencia política, desde la democracia a los derechos civiles de los grupos, tribus y castas menos privilegiados – así como en la elaboración de propuestas serias e interesantes para resolverlos.

Intentar ganarse respetabilidad a fuerza de huir de la sociología contaminada y banalizada por la ideología o por el animus lucrandi no basta. En efecto, para la sociología, dada su naturaleza, el encastillamiento en una pura actividad científica de pretendida neutralidad esconde altos riesgos. Por ello escasean los sociólogos a los que no les conciernan los asuntos que son también parte de las preocupaciones morales de las gentes. El paro obrero, la delincuencia, la violencia política, la discriminación entre sexos o razas, el privilegio clasista y la corrupción gubernamental son materia prima de la sociología. Por eso afirmaba Shils que la ciencia social posee siempre implicaciones éticas y políticas. Si ello es así ¿hasta qué punto es posible contemplar fenómenos de esta índole, clínica y distanciadamente? La pregunta no debe inquietar en demasía, pues en realidad no hay impedimento metodológico alguno que prohíba a los sociólogos preocuparse por su integridad científica porque un problema dado tenga una raíz esencialmente moral.

En efecto, la objetividad en nuestros análisis no está reñida con los juicios de valor que debamos emitir a la luz de sus resultados. Menos aún lo está con los motivos que nos condujeron a estudiar la pobreza, la exclusión racial, la violencia contra las mujeres, la corrupción política, el terrorismo y tantas otras cuestiones incómodas, en las que la trasgresión ética es flagrante, amén de aquéllas en las que, si la hay, es mucho más sutil. No es tan sólo metodológicamente incorrecto sino, además, ridículo pretender abstenerse de juicios morales en el fomento de un saber que aspira a explicar racionalmente fenómenos sociales. Estos son, por definición, fenómenos morales.

La dimensión moral no es incidental a la sociedad humana. Es lo que la constituye. La que la hace única. Las demás sociedades animales están libres de ella. No así la nuestra.(Aunque los animales merezcan nuestro respeto moral más profundo.) Tratase de un hecho bruto cuyo escamoteo, en toda ciencia social, es injustificable, lógicamente insostenible.

Cuando la medicina erradica el cólera o la técnica aerospacial explora los astros suelen alegarse beneficios para la humanidad para legitimar la costosa financiación de esas operaciones. Ello contrasta con la actitud aséptica de aquellos científicos sociales que pretenden ejercitar su profesión al margen de toda consideración de beneficios para los humanos. En cambio los médicos ni se plantean si una vacuna o inmunización (no acompañada de otras medidas) disparará el hambre y la pobreza al multiplicar la población de un país misérrimo23. Tampoco parecen muy preocupados ingenieros y astrofísicos acerca de si no sería mejor invertir los dineros de la exploración espacial en proteger fauna y flora, salvar la pureza de nuestra atmósfera, combatir la miseria y el hambre de los humildes. Lo último, por ejemplo, es tarea de la mayor urgencia, frente a otras, cuya probidad científica está, eso sí, fuera de toda duda. Quienes cultivan la ciencia natural emiten juicios de valor sin el mayor sonrojo. ¿Porqué tendrían que ser las humildes ciencias humanas una excepción? Según enseñó Max Weber la vocación científica (la devoción o piedad ante el saber objetivo) entraña ya en sí misma una valoración moral afirmativa sobre la actividad racional analítica que se emprende. También enseñó que las preocupaciones morales, y por ende los ciertos juicios de valor, no sólo son compatibles con el saber, sino que instigan nuestro afán de conocimiento objetivo. Nunca la visión idealizada del médico o del científico pusieron en entredicho su capacidad por lograr conocimiento objetivo. ¿Cómo no aplicar igual lógica a la vocación que inspira a las ciencias del ser humano?24.

A pesar de esta obviedad, la sociología, mundanamente triunfante cuando es banal o sirve de mera herramienta informativa, indigente a veces cuando pretende engendrar un saber más alto, es acusada de falta a la objetividad. Y ello aunque ponga sus cartas boca arriba, es decir, aunque haga explícitos los valores que la inspiran. No obstante la sociología más cumplida es, y no por mera casualidad, aquélla que ha emitido un juicio moral sobre la condición humana y la civilización de su tiempo así como sobre los hombres y mujeres que han asumido responsabilidades sobre sus congéneres. Tratase de un juicio moral que, en su caso, se apoya en el rigor, la parsimonia y el respeto debido a hechos conocidos y datos disponibles. En resolución, la ética de la sociología es la de la objetividad, la de la llamada a los hechos, no la de la neutralidad moral. Su fuerza es la del dato, honestamente presentado, pero siempre moralmente interpretado.

Para que se cumpla ese ideal las ciencias humanas deben permanecer uncidas, como he señalado ya, a una reflexión ambiciosa acerca de cuál deba ser la buena sociedad. Con ello no propongo, ni mucho menos, que los sociólogos se libren al utopismo. Se trata solamente de que por lo menos, se planteen cuál debería ser la mejor situación factible para las gentes de carne y hueso cuya condición, anhelos y destino contemplan. Cada escuela interpretará la noción de ‘mejor situación factible’ a su manera. Esta no fue la misma para Comte que para Marx, cuyas visiones del futuro de la humanidad (sus respectivas buenas sociedades) aparte de diferir entre sí profundamente, entraban en el terreno de lo esencialmente utópico. Ni fue la misma para Simmel, Weber y Durkheim, que también diferían entre sí, pero que tenían sus respectivas visiones de la sociedad deseable, decente, civilizada, posible. Hasta algunos, como el último, se esforzaron por proponerlo explícitamente y no como comentario liminar a su cuerpo de elaboraciones científicas, sino como aportación sustancial a la civilización a la que pensaban que podíamos aspirar realistica y legítimamente.

En esta tarea los científicos sociales no están solos ni pueden pretender monopolio alguno: filósofos sociales, como Popper, hostiles a construcciones cerradas, han tenido su noción explícita de la buena sociedad factible; la empresa de Keynes era concebir la economía como una ciencia moral, conducente a un mundo menos bárbaro; estemos o no de acuerdo con Hayek, también él tenía su visión de la sociedad buena. No es inocente por mi parte evocar a tres de los grandes padres del liberalismo de los siglos XX y XXI como ejemplo. Ni ellos sus contrincantes tienen el monopolio de la verdad. Pero todos esbozan la buena sociedad deseable y posible según cada cual.

Proponer que la idea de la buena sociedad pertenezca en exclusiva a la especulación ética es irrisorio, por mucho que tal tarea sea esencial para la filosofía moral. Pero proponer que la sociología deba estar libre de una imagen de lo que deba ser la sociedad buena, o por lo menos decente, es a la vez ingenuo y torpe. Sería como esperar que nada noble inspirara los diagnósticos que los científicos sociales emiten sobre fenómenos dañinos como los enumerados más arriba. Esto no significa que todo lo que se haga tenga que confundirse con la ética, ni mucho menos. Hay que evitar la moralización gratuita y el sermón. Mi argumento va en dirección contraria: la noción que propone es que, moralmente, el conocimiento objetivo se justifica a sí mismo. Aunque a menudo necesite de la función del sociólogo, como ciudadano activo y responsable, para incorporarse al uso público de la razón25 .

La ética de la objetividad no basta para cultivar las ciencias humanas. Éstas serán más ricas y útiles si se inspiran también en una preocupación por coadyuvar a hallar soluciones racionales y eminentemente posibles a males específicos de la humanidad en un momento y lugar dados: una hambruna, una dictadura, unas víctimas del hampa. Esto es lo que legitima su misión ante la ciudadanía, más allá del ansia de saber. Una vez más, el conocimiento social científico de la realidad debe ser medido por su aportación, por humilde que sea, al interés común, que es el de vivir en una sociedad lo más decente y justa posible según las condiciones de las que partimos para lograrlo26. La otra justificación, la del afán de saber según criterios de racionalidad y conocimiento objetivo, es tan poderosa como ella. Afortunadamente, la una estimula el desarrollo de la otra. Las ciencias humanas ganarán en alcance así como en dignidad teórica sólo si moran siempre en el ámbito de nuestra competencia moral.

El porvenir de la sociología

La progresiva diseminación de la inteligencia sociológica por doquier no puede desvincularse de su demanda. Responde ésta a que la sociología despliega una técnica eficaz para satisfacer una gran variedad de necesidades empresariales, partidistas, administrativas y gubernamentales, al tiempo que suministra un flujo constante, insustituible, de información útil, basada en datos fehacientes y objetivos, o por lo menos de mucha mayor fiabilidad que los que nos solían proporcionar otras fuentes de conocimiento social. Ello no siempre excluye el uso maligno de resultados sociológicos. No obstante la invocación a la autoridad científica de la sociología aunque sea en detrimento de toda veracidad ilustra hasta qué punto existe una intensa demanda mundana hacia ella, por lo menos como técnica demoscópica y expeditiva. Aunque ello dañe a la larga su prestigio.

La manifiesta capacidad de la sociología para contribuir a la elaboración de estrategias de toda índole (entre las que descuellan las políticas sociales) la ha hecho muy valiosa. También, por ello mismo, ha caído presa, a menudo, de intereses gremiales, clasistas, partidistas o de algún otro modo circunscritos. Ello la ha convertido en un bien codiciado por las más diversas fuerzas del mercado o del poder. Otro factor, muy distinto, que favorece su expansión reside en una cultura como la de nuestro tiempo, que en muchos países y ámbitos pretende fundamentarse en el uso público de la razón a través de la democracia. El imperativo de racionalidad pública obliga indefectiblemente a argumentar, estudiar, cotejar y dialogar sobre datos fehacientes antes de decidir la conducta a seguir para bien de todos. La sociología acude entonces a la construcción del interés común con igual vigor con el que lo puedan hacer las otras ciencias sociales – la economía, la etnología – o las de la salud. Que este proceso no culmine rápidamente en un éxito unívoco y que el mundo continúe siendo tan peligroso e imperfecto como lo es hoy obedece ya a otras causas.

Hay una relación sutil, pero sólida, entre el éxito mundano de la sociología (que incluye su fuerte demanda pública y privada, según criterios hipotéticamente utilitarios) por un lado, y su pertinencia o necesidad como componente de nuestra conciencia moral más profunda, por otro. Queda así por probar que cuantos estudios sociológicos, económicos o de otra índole se realizan por encargo para cubrir las necesidades del cliente, al margen de una visión moral de mayor alcance, sirven siempre de algo. Es decir, conviene identificar cuáles son útiles y cuáles son cosméticos, o hasta cuáles no sirven a ningún fin confesable.

Así las cosas, conviene que el científico social independiente deba tomar distancias contra la versión banal y manipulable de su oficio en favor de la genuina. Para cumplir bien su misión, su vocación, no tiene porqué anatemizar sin ton ni son cualquier indagación utilitaria. En efecto, no sólo abundan las bien hechas sino que muchas suministran información pertinente para mejores fines que los del encargo realizado originalmente a los investigadores. Pero por lo menos ese científico debe saber distinguir claramente entre los dos modos de hacer sociología, el de servicio empresarial o político y el de servicio a la razón pública.

La aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad ética de la disciplina entraña distanciamientos prudentes frente a algunas de sus prácticas y sobre todo frente a sus aberraciones. Esta decisión dimana del carácter esencialmente humanístico de esta ciencia social. Por ventura la dimensión humanística de la sociología no es incompatible con su dimensión científica. (En el sentido genuino de la expresión, ciencia es aspiración rigurosa al conocimiento objetivo por medios racionales, seculares y empíricos, en cualquier campo.) Tal dimensión no está nunca en condiciones de agotar toda la actividad investigativo puesto que si la sociología es también humanismo, o parte esencial del humanismo moderno, secular, analítico y racional ¿qué otra posibilidad cabría?. La disyuntiva aut scientia aut nihil, o ciencia, o nada, no va con ella. Su misión es ser scientia atque humanitas simultáneamente.

Cierto es que una parte de la comunidad de los científicos sociales es indiferente, cuando no hostil, a estas preguntas. Así, en su empeño admirable por asegurarse un lugar en el sol de la ciencia hipermoderna, un sector militante de la ciencia social se ha afanado por unirse a la estocada y descabello que han querido dar, todos al alimón, a la naturaleza humana. Pero una cosa es que, como señalé más arriba, no la lleguemos nunca a conocer del todo, y otra, muy distinta, que la diluyamos en una concepción biológica, mecanicista y neuronal, del hombre. Que diluyamos del todo el componente ético que le caracteriza y que, por lo tanto, define también a sus sociedades. Una vez más, éstas son, ante todo, entes morales.

Quizás sería justificable que el coste de la cientificidad totalizante fuera vaciar al ser humano de contenido moral si fueran más sustanciales los resultados cognoscitivos de la hipótesis de suponernos entes sin más ánimo que el que pueda tener un organismo con sus vísceras27.

Ello explica porqué hasta quienes se atienen a un modelo de conciencia humana como electora racional de acciones y fines según intereses subjetivos e individuales (dentro de la escuela del llamado individualismo metodológico, predominante en economía) sienten la necesidad de apoyarse en una concepción humanística –atenuada, en su caso-de la sociedad. Los sociólogos que estén libres de una visión individualista metodológica pueden caer en la tentación contraria, la de suprimir la naturaleza humana. Así hacen quienes ofrecen una versión hipersocializada del hombre, para la cual la naturaleza humana consiste en no tenerla, en ser una tabla rasa capaz de infinita plasticidad socializable y asimiladora de normas y cultura impuestas desde fuera. Surge así un homo sociologicus, a guisa de cascarón, hecho sólo de roles y funciones sociales. O sea, para una concepción ética y humanista, una entidad huera e inservible28.

Por definición, la posesión de atributos morales obliga a la sociología a centrarse en sujetos dotados de conciencia, razón, pasiones, intenciones y fidelidades u hostilidades – algunas ajenas al cálculo racional -y guiadas muchas veces por procesos carismáticos, tribales o emocionales29. Para ella el hombre es un sujeto cuya naturaleza es identificable no sólo más allá de la razón instrumental – que también la caracteriza -sino que se encuentra asimismo más allá de las circunstancias históricas y socio estructurales que a cada cual toca vivir. Aunque estas condiciones tiñan y modifiquen la sociología como ciencia -la hacen una ciencia sui generis– existe un imperativo que nos obliga a suponer la existencia de la pertinaz naturaleza humana. Sin que la supongamos nos es imposible generalizar, expresarnos en un lenguaje universalizable, que pueda penetrar en mundos sociales distintos al nuestro. La eliminación de la hipótesis ‘naturaleza humana’ nos sume indefectiblemente, como estudiosos de la sociedad, en el autismo, pues nos obliga a negar nuestra capacidad de entender cualquier otra comunidad que no sea la nuestra, o cualquier otro ser humano que no comparta nuestro propio mundo. Por ello el conocido principio de caridad de la epistemología no es sólo una herramienta para entender, es también un paso sociológico para compadecer, así como para explicar con el rigor necesario la conducta humana, universalmente, aunque sea siempre a través de las condiciones objetivas (a través de la lógica de su situación específica) en que se desarrolla30.

No es que falte una concepción de la naturaleza humana en las ciencias humanas. Poseerla es, sencillamente, inescapable. Aunque sea a escondidas, siempre levanta la cabeza. Cosa muy distinta de este postulado (pues no otra cosa es) es que el pluralismo sociológico, la variedad de perspectivas y escuelas (o sea, de modos de entender tal naturaleza) sea también inevitable. También es deseable, puesto que la multiplicidad de escuelas engendra una fructífera coexistencia competitiva, como en cualquier otro campo. La querella de las epistemologías y la de las diversas concepciones de lo humano y lo social anima el discurso, agudiza los ingenios y produce resultados interesantes. Además, dada la complejidad del universo analizado por la razón sociológica, en no pocos casos las diversas perspectivas iluminan facetas diferentes de una misma realidad. (Aunque se pretendan hostiles entre sí, o se ignoren abiertamente.) A menudo son menos incompatibles entre ellas de lo que están dispuestos a conceder sus secuaces respectivos.

Reconocer la bondad de la diversidad y la aportación de cada escuela no debe entrañar, empero, la renuncia a la defensa de los méritos de un enfoque por encima de los demás. Mi argumento camina en esa dirección. Así, estoy reivindicando la pertinencia y ventajas de aquélla tradición sociológica que responde a los imperativos del humanismo y que, a la vez, posee el más alto grado posible de compatibilidad con la mayor parte de las demás escuelas y posiciones sociológicas conocidas. Me refiero a aquélla corriente que conjuga los asertos básicos de la racionalidad de los individuos en la toma de decisiones con el análisis de la situación social objetiva (en la que hay que incluir creencias y saberes) de personas, grupos y colectividades31. Esta tradición cumple con los requisitos de la cientificidad, por un lado, y los del humanismo, por otro. Así, obedece a los primeros (como ocurre con igual tradición en economía política y politología) por responder a criterios firmes de análisis. En efecto, el supuesto de racionalidad entraña un alto grado de predicción: si fuéramos solamente seres irracionales (no ‘a-racionales’, como las bestias) nada podría predecirse con seguridad sobre nosotros, salvo en lo que tenemos de especie animal. El supuesto de racionalidad compartida por toda la raza humana (venerable idea aristotélica sin la que no sabríamos cómo hacer ciencia social) no excluye, sino al contrario, que seamos también presa de temores, pasiones y ansiedades a veces irracionales.

La razón recubre y usa táctica o estratégicamente pasiones e intereses, además de creencias de toda índole, incluidas las míticas, sin menoscabo para ella, como ha puesto de relieve la teoría sociológica por lo menos desde tiempos tan remotos como los de Pareto y Simmel32. Pasiones, creencias e intereses se expresan luego por medio de conductas racionales o razonables (es decir adecuadas a sus fines) en lo económico, lo político, lo cultural y lo comunitario. Tal comportamiento, o acción social, debe manifestarse en el marco institucional y normativo de cada sociedad. Sólo con exquisita cautela pueden tildarse de irracional este proceso o sus componentes. Así por ejemplo, cuando alguien cree algo (por irracional que parezca) no es nada irracional que se conduzca de acuerdo con ello33. Las creencias, además, no sólo pueden ser racionales sino que hasta las que pueden calificarse de carismáticas suelen poseer elementos poderosos de racionalidad34. La sociología busca las buenas razones del creer, el componente racional en las creencias y también las razones que impulsan a la acción o explican una institución. Busca buenas razones como causas de comportamiento y como legitimantes de lo que existe, es decir, del orden social, así como de lo que se cuestiona o contra lo cual se lucha. El conflicto es, para ella, tan racional como el orden. Lo que es funcional o conveniente para unos puede ser muy gravoso o dañino para otros, de modo que hay comportamientos encontrados y mutuamente hostiles que poseen, todos a la vez, buenas razones para existir. Con ello las ciencias humanas no asumen que haya buenas razones para todo o que todo sea racional o razonable. Al contrario, dejan lugar para lo irracional: pero tienen que ponerse en la situación de cada cual (del rico y del pobre, del musulmán y del cristiano, de la mujer y del hombre, del ciudadano y del forastero, del indio en Chiapas y del habitante de la Ciudad de México, del palestino en un territorio ocupado por Israel y del judío en Jerusalén o Tel Aviv)para entender los entresijos de la vida social. Y también para asignar responsabilidades morales a la acción35, porque su saber no es jamás un saber cínico.

Merced a esa perspectiva la sociología contribuye a la necesaria reformulación de la vieja teoría de las pasiones y las necesidades humanas36. Ésta se impone bajo condiciones de modernidad avanzada, y a veces como respuesta vigorosa y adecuada al neonihilismo de los siempre pertinaces relativistas.

Es evidente que defino esta corriente, la de las ciencias humanas tradicionales, de un modo asaz amplio. Como si no hubiera diferencias, y muy serias, entre sus diversas escuelas. Pero me atengo sólo a aquello sobre lo que los herederos de la tradición clásica, de Marx a Malinowski, de Simmel a Lévi-Strauss, estarían de acuerdo. En todo caso, ninguno vaciaría al ser humano de contenido, ni adoptaría una posición individualista extrema, enemiga de las estructuras, o al revés, una posición estructuralista radical incapaz de reconocer conciencias activas, sujetos intencionales.

Suponer la racionalidad elemental de los agentes de la acción (la adecuación de su conducta a la lógica de la situación social) no es asumir que la sociedad consista en la suma aritmética de actos individuales e ignorar las estructuras (o marco institucional) en que éstos se plasman. La atribución de intenciones subjetivas (en gran parte racionales, tanto si son de orden instrumental o utilitario como si obedecen a motivaciones credenciales) incluye la incorporación de la estructura social, con lo cual el enfoque que preconizo -el de que la sociedad es interacción,el lugar en que se entrecruzan conciencias y voluntades, en un marco institucional y normativo -de por sí ayuda a superar el problema perenne de la ciencia social: el de enfrentarse con la quaestio de ponte entre el nivel micro y el macro de la realidad, entre la acción intencional y la estructura. Las instituciones y los colectivos poseen componentes irreductibles a sus rasgos individuales. A menudo, ni siquiera pueden agregarse las voluntades de los individuos que las componen. La acción al unísono puede obedecer ya a la coordinación imperativa por parte del poder ya a la obediencia de una colectividad a una creencia compartida o potencia carismática determinada. Las dificultades epistemológicas generadas por la doble dimensión de la realidad social no son insuperables.

Esta tradición, esta philosophia perennis de las ciencias humanas, es el marco donde mejor puede elaborarse una concepción del hombre que responda tanto a los requisitos de la ciencia como a los de la filosofía. No me parece que ésta sea una afirmación fuera de lugar. Por lo pronto no intenta, ni mucho menos, abogar por una confusión entre las tres áreas y culturas respectivas que nos atañen: la científica natural, la sociológica y la filosófica. Mas una cosa es apelar a la alfabetización ética de los sociólogos y combatir al mismo tiempo el analfabetismo sociológico de muchos filósofos morales y otra, muy distinta, confundir sus cometidos respectivos. Tienen objetivos diferentes y es menester combatir las tendencias hacia su confusión contemporánea por parte de algunos de sus practicantes. Dicho esto, lo que he llamado más arriba condición anfibia de la sociología responde también a sus afinidades científicas, por un lado, y filosóficas, por otro.

Un análisis sosegado de los supuestos generales de las disciplinas que estudian al 37hombre como ser social multidimensional – la antropología y la sociología entre ellas -nos conduce al descubrimiento de una plataforma de acuerdos y consensos sorprendentemente amplia entre quienes las cultivan. A no dudarlo, una codificación cerrada y dogmática de tal plataforma sería inadmisible, y contraria al mismo espíritu humanista que aquí se preconiza. No obstante, confeccionada en forma de inventario de hipótesis compartidas, o por lo menos no mutuamente incompatibles, no constituye en absoluto una empresa insensata. Sobre todo si esas hipótesis se consideran abiertas, tentativas y nunca axhaustivas, basadas en el acervo del saber sobre el hombre, sus pasiones, predisposiciones y facultades, así como sobre las pocas generalizaciones sólidas que poseemos sobre la sociedad que nos alberga38. Quedarían fuera de ese inventario aquellos supuestos excluyentes que respondieran a escuelas anatemizadoras de cualquier enfoque complejo en ciencia social y reduccionistas en el suyo. Ello ocurriría en tres casos: el de las conductistas extremas, el de las místicas e infalseables y el de las puramente metafísicas. Al descalificar de raíz otros enfoques, se descalifican a sí mismas.

En resolución, la continuidad del modo sociológico en la cultura moderna y su hegemonía presente se justifican sólo si la sociología mantiene su fidelidad a los principios de la intencionalidad racional, por una parte, y del humanismo, por otro. Lo primero supone asumir un nivel notable de racionalidad en el hombre. Entender que lo irracional, per se, no existe en sí mismo: sólo es con referencia a criterios de superior racionalidad moral. Y a estos sólo llega la razón ética a través de un proceso de desbroce incesante. El otro criterio, el del humanismo, también se impone: es una perspectiva que asume la existencia universal de una naturaleza humana, con sus infinitas variantes individuales y su apertura constante al molde social, pero siempre sujeta a pasiones y a razones, inspirada por un impenitente afán de ser libre, de ser un ente en alguna medida responsable y, en ese sentido, irreducible a la cientificidad.

La propensión humana hacia el goce de la libertad no excluye que podamos ser científicamente analizados, aunque sí circunscriba el alcance de semejante operación. Por eso he insistido en que lo que indagamos como científicos sociales, de veras, es sobre todo la condición humana, en cada sitio, en cada situación, en cada momento. Nuestra pesquisa es inseparable de la historicidad de lo que estudiamos, pero no es relativista, sino que la trasciende. Así, estudiamos la determinación social de nuestras vidas, paradójica y precisamente, para entender el humano albedrío.

Su espacio es angosto, pero su ejercicio no cesa de maravillarnos. La sociología indaga conflictos y voluntades encontradas, así como estructuras sociales, muchas de ellas de dominación y subyugación, de fatalidad y determinismo. Pero entre ellas resplandece la estructura social de la libertad. También ésta necesita, como la de la fraternidad, la indagación incansable de las ciencias humanas y en particular de la sociología.

Esta, como disciplina anfibia, posee una competencia empírica que le confiere la dignidad teórica de la ciencia moderna al tiempo que responde a los imperativos de hacer de ella una tarea humanística. Este modo de hacer asume con ironía la condición trágica de la vida humana: la maleabilidad social del hombre, pero también la universalidad de sus facultades y pasiones, su curiosa tozudez por querer ser libre en un mundo fraguado por la determinación y el sino. La sociología debe asumir de lleno su morada endémica. Es esa tierra de nadie que se sitúa entre las intenciones de mujeres y hombres que se piensan y quieren libres y las condiciones materiales y sociales que, una y otra vez, les niegan su ensueño.

Agradecimientos:

Estoy muy obligado al profesor Sergio Reuben, de la Universidad de Costa Rica, por su consentimiento para usar los materiales publicados en la Revista Reflexiones (Vol. 81, nº . 2, 2002) bajo el título “La ética de las ciencias humanas en la encrucijada”, que presenté como conferencia para celebrar los 25 años de las Escuela de Antropología y Sociología de la Universidad de Costa Rica, así como al profesor Héctor Ricardo Leis por su invitación para que el presente ensayo se incorpore a la revista electrónica de la brasileña Universidad de Santa Catalina, en su programa interdisciplinario de postgrado en ciencias humanas (PPGICH). A su vez el ensayo original en el que se basa éste fue publicado por los Annales del Institut International de Sociologie, 1994, para recoger mi conferencia en la Sorbona, con ocasión de la conferencia inaugural Cent Ans de Sociologie, en París.

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Notas

1. L. Pellicani (1997) pp.156-170.

2. Intento aquí responder a esta perentoria pregunta, pero ante todo identificar el lugar y alcance de la disciplina en el seno de la cultura moderna. A propósito de la cuestión utilitaria cf. R. Boudon (2002).

3. S. Giner (2002); también R. Boudon (2002).

4. Para esta distinción véase H. Arendt (1958) y mi capítulo en A. Birulés, comp. (2000) pp.15-22.

5. ‘Inteligencia’ se refiere a comprender pero también al modo racional de entender y explicar. He preferido esta expresión desde hace mucho tiempo. (Cf. la versión francesa de mi tratado de sociología, Introduction à l’intelligence sociologique, de 1970). Por su parte, ‘imaginación’, expresión brillantemente acuñada por C. Wright Mills (1959)resalta otra  faceta, más estética pero no menos descollante, y complementaria, de la sociología.

6. Es el caso de algunos de los estudiosos que se han esforzado por producir un tratamiento estrictamente sociológico de la ciencia (así Bloor y otros representantes del llamado Programa Fuerte en el terreno de la sociogía del conocimiento científico).Para ellos la verdad o falsedad de una noción dependería de creencias gremiales, y se ignoraría la verdad o falsedad intrínsecas del conocimiento en sí. Imagino que la virulencia de la controversia surgida entre quienes así piensan y los filósofos racionalistas proviene de que la salvedad así señalada (sobre la ‘verdad’ intrínseca) no es suficiente, y que el llamado Programa Fuerte es visto por éstos como una relativización social extrema del concepto de verdad. Dos introducciones al debate sobre el Programa Fuerte son S. Woolgar (1988), pp. 39-52 y E. Lamo et al. (1994), pp. 515-538.Cf. con las posiciones de M. Beltrán (2003)7 Talvez por eso la ciencia cognitiva intente a menudo reequilibrar la tendencia y recomponer la imagen. La aportación de la sociología al cognitivismo contemporáneo es potencialmente considerable al subrayar la importancia social de los ‘hechos de significación’ en la conciencia humana. Cf. P. Pharo (1997).

8. W.G. Runciman (1970)

9. Cf. G.A. Bryant y H.A, Becker (1990) y el ya citado R. Boudon (2002).

10. Cf. S. Rappaport (1995), quien se basa en al distinción de Dray entre ‘explicación por concepto’ y ‘explicación causal’. W. Dray, (1992). Los sociólogos han inventado modelos de ‘burocracia’, ‘feudalismo’, ‘revolución, ‘díada’, ‘tríada’, etcétera, que explican por subsunción de hechos bajo cada uno de ellos, pero no predicen con rigor lo que haya de ocurrir. En algunos casos,han conseguido acercarse no poco a la explicación causal, pero el camino a recorrer es aún muy largo. No es distinta la situación de las demás ciencias sociales.

11. En contra de lo que parece insinuar J.Picó (2003)con el título de su libro. Esta afirmación no excluye que haya habido y haya fluctuaciones en el favor que políticos, intelectuales y corrientes de opinión le concedan en cada país y clima cultural, lo cual es muy distinto y acaece igualmente con otras disciplinas.

12. S. Giner (1974). No sólo avanza el mero conocimiento sociológico, sino la conciencia y reflexividad sociológicos.

13. Y viceversa, de modo obvio y aceptado por la teoría sociológica explícitamente. No obstante, para las intrincadas relaciones filosóficosociológicas cf. M. Bunge (2000). Para su ataque a la rational choice theory pp. 147-167, aunque ésta posición no sea precisamente la de la sociología tradicional o clásica, defendida en mi argumentación.

14. Abundan los ejemplos de autocrítica, sobre todo en los años 70 del siglo pasado, en que se produjo una verdadera corriente de autoflagelación sociológica: R. Blackburn (1972), N. Birnbaum (1971) T. Bottomore (1976).He dado cuenta cabal de este episodio en S. Giner (2002).

15. J. M. Maravall (1972)

16. Una excelente revista antropológica de la época llevaba por título Critique of Anthropology.

17. Además de los textos citados, cf. A. W. Gouldner (1971) y T. Bottomore (1975) y E. Pinilla de las Heras (1988).

18. Compárese mi enfoque con la categórica afirmación de A. Touraine (1984, p. 21) al respecto: La sociologie s’est constituée comme ideologie de la modernité. A mi juicio, ello es correcto sólo por lo que respecta a cierta sociología o, más precisamente, al uso ideológico que puede hacerse de las más diversas prácticas sociológicas.

19. Véase encuesta y comentario de la Asociación DMD, 2003 admd@retemail.es

20. S. Giner ‘Tecnocultura’ en (1987) pp. 137-154

21. E. Shils (1961) y E. Shils (1971).

22. Para mayor abundamiento en estos temas cf. E. Lamo de Espinosa (1996)

23. J. Drèze y A. Sen, (1989)y S. Reuben Soto (1995)con enfoques contrastados.

24. E. Shils (1961) y M. Weber (1984).

25. De ahí la íntima relación entre el estudio y desarrollo de la política social como disciplina académica de inmediata utilidad cívica y las ciencias humanas. A guisa de ejemplo, en el que se vinculan ciudadanía y derechos humanos con la política social entendida desde la ciencia social, cf. S. Reuben Soto (2000) También, T. Montagut (2000).

26. V. Camps y S. Giner (1992).

27. J. Lopreato (1984)

28. R. Dahrendorf (1968), en especial ‘Homo Sociologicus’, pp. 127-193 y ‘Soziologie und menschliche Natur’, pp. 194­210, pero sobre todo ‘Human Nature and the Perspective of Sociology’ y ‘The Oversocialized Conception of Man in Modern Sociology’ en D.H. Wrong (1976) pp.17-20 y 55-70.

29. S. Giner (2003)

30. Cf. las críticas a las posiciones relativistas que niegan la naturaleza humana universal así como la cognoscibilitad de sociedades o culturas ajenas a la nuestra en S. Giner y R. Scartezzini (1996).

31. S. Giner (1996) para una introducción general al enfoque de la lógica situacional.

32. F.G. Bailey (1983) para una teorización del fenómeno.

33. R. Boudon 1990 y Boudon (2003)

34. S. Giner (2003).35 Sobre la dimensión ética de la conducta, sociológicamente considerada, cf. F. Crespi(1999) pp. 349-366.

36. Dos aportaciones, entre otras citadas ya, posteriores al trabajo seminal de Vilfredo Pareto: A.O. Hirschmann (1977) y H. Schoeck (1966).37 Ejemplos: B. Berelson y G. Steiner (1964), R. Collins 5), S. Giner (1976), C.G.A.Bryant y A. Becker (1990).

NOTAS
  1. Salvador Giner es Catedrático de Sociología en la Universidad de Barcelona. Fundador y presidente de la Federación Española de Sociología y Director del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC. Editor de la Revista Internacional de Sociología y Director Asociado del European Journal of Social Theory. Autor de Historia del Pensamiento Social, el manual más conocido en las universidades españolas, del Diccionario de Sociología y de otras obras como Sociedad Masa, Ensayos Civiles, Carta sobre la Democracia, La Cultura de la Democracia, Carisma y Razón, etc. Algunas de estas y otras obras han sido traducidas a varios idiomas. []

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