Abr 05 2012

La huelga general 29-M en Barcelona: otro día más de violencia…

Por Isabel Cruz y Patricia Rivero
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Fuente: www.kaosenlared.net

La historia parece demostrar con toda claridad que cuando las revoluciones van acompañadas de violencia, no se logran los resultados deseables que anticipaban los que las realizaron, sino más bien, algunos o todos los resultados realmente indeseables que fluyen del empleo de la violencia”

Esta cita ha circulado entre ayer y hoy por redes sociales para hacer alusión a lo sucedido el 29 de marzo en Barcelona. La cita es de Aldous Huxley, un escritor anarquista británico de inicios del siglo XX, autor de “Un mundo feliz”.

No hay retórica, realmente nos surgen varias preguntas al tratar de aplicar la cita para el contexto de ayer en Barcelona, ¿Huxley y quienes lo citan entienden lo mismo por “violencia”? ¿La Huelga General del 29 de marzo era o pretendía ser una “revolución”? ¿Cuáles eran los “resultados deseables” de la huelga que han sido incumplidos? Quizás si nos proponemos hacer un análisis del discurso dominante sobre lo acontecido ayer en Barcelona nos demos cuenta de que esta cita para el 29-M podría estar hoy en boca de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE).

Empecemos por el principio, ¿qué se entiende por violencia? Desde la esfera política y mediática está claro: violencia es generar desperfectos en mobiliario urbano (contenedores) o en la propiedad privada (bancos y cajas, Fiscalia del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya, Starbucks). Xavier Trias va más allá y por violencia entiende algo más alegórico: dar mala imagen de Barcelona.

¿Quién es violento? Es violento aquel civil que ejerza esa violencia.

Dicho de otra manera, cuando condenamos la violencia, esta violencia, estamos excluyendo de todo juicio a la otra violencia y a los otros violentos. En este sentido, Pierre Bourdieu consideraba que la violencia no sólo se ejercía por medio del uso de la fuerza física, sino que también se podía expresar en otras formas: por ejemplo a través de la imposición sobre una visión particular del mundo de la clase dominante a la clase dominada. En el día de ayer, a parte de haberse vivido la violencia física por parte de los Mossos, nos hemos rebalsado de esta otra violencia, la simbólica.

Todo junto nos hace pensar que estamos limitándonos solo a condenar a quienes no acatan quejarse del sistema en el sitio, momento y de la forma que la clase dirigente se lo consienta; violencia no es qué haces, sino a quién desobedeces. Esta paradoja sobre la violencia está asombrosamente naturalizada, y es que la violencia del poder, la violencia simbólica que nos recalca Bourdieu, está asombrosamente naturalizada.

Esta cosmovisión socialmente compartida sobre la violencia beneficia a una minoría a la vez que sistemáticamente condena al resto. Según este mismo discurso las víctimas de la violencia nunca son las personas, algo que creemos haría a Huxley echarse las manos a la cabeza (un manifestante herido es algo previsible e incluso lógico, un derecho no respetado, es algo que para mantener el orden se requiere). Asimismo los Mossos quedan exentos de ser etiquetados como violentos cuando agreden, tienen una categoría a parte y legitimada. La pobreza impuesta tampoco es violencia, es vista como parte de una realidad inevitable, luego políticos y empresarios tampoco son vistos como violentos. Parece haber un uso exclusivista de algunos términos para influir en las mentes de las personas. Para ellos, la violencia no es un sustantivo, sino que por el contrario la utilizan frecuentemente como adjetivo. Parece una menudencia, pero no lo es: “radicales violentos”, “huelga violenta”, “jornada violenta”, entre otros.

Otras perversiones del lenguaje nos llevan a asumir como algo natural el que “nosotros tenemos responsabilidad en las acciones políticas (porque los hemos votado)” a la vez que “los políticos no tienen responsabilidad en nuestras protestas (hacen lo que tienen que hacer)” y que “cualquier ciudadano es corresponsable de las protestas (cosa que hace posible que un “grupo de radicales deslegitime” toda una huelga)”. El resultado de estas falacias es una manipulación total del sentido de “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

Pero el discurso conservador que “condena la violencia” cala hondo: se ha hecho mucho hincapié en el “derecho a ir a trabajar en día de huelga” (neolengua), a la vez que se ha omitido el “derecho a un trabajo remunerado” (art 35 Constitución); posibilitando que la Reforma Laboral o la Ley del Voluntariado queden libres del debate social en la huelga de ayer y sus causas.

Los piquetes mediáticos (manipulación), políticos (reforma laboral, rescates a la banca), económicos (desahucios, límite del déficit público, privatizaciones) y empresariales (coacción para no hacer huelga) son entendidos como resultados del ejercicio individual de la libertad, puesto que “tú les das audiencia, tú votaste/te abstuviste, tú firmaste una hipoteca, tú has hecho abuso de la sanidad, tú decides libremente si exponerte a un despido por hacer huelga”. Mientras, los piquetes sindicales son criminalizados; Felip Puig llega a decir que un piquete ha robado en un bingo. Piquete como sinónimo de delincuencia.

¿Qué estamos condenando cuando condenamos “la violencia”? En los informativos de TV3 de la noche de la huelga lo tenían claro: hicieron un recuento de contenedores quemados (20) y a cambio hubo una omisión del número de heridos. De hecho cuando se contabilizaron manifestantes fue para hablar del número de detenidos.

Siguiendo este ejercicio de criminalización de la huelga, los resúmenes de la jornada no han sido cronológicos, sino que se han basado en destacar incidentes. Sobredimensionando la violencia, extirpando del concepto la violencia física contra personas ejercida por la policía. Existe un creciente fomento del “discurso cívico” para la sociedad civil que va cuajando, y el resultado es que en un informativo un contenedor quemado merece más tiempo y consideración que un ciudadano herido, y que lo contemplamos como algo normal.

Cuando se habla de la no consecución de “los resultados deseables” de la “revolución” nos damos cuenta de que el juicio sobre la huelga como un fracaso recurre a 3 argumentos falaces:

  1. Poco seguimiento social: este argumento se sostiene a través de la manipulación de datos de asistencia a manifestaciones, manipulación de datos de consumo e infrarrepresentación de huelguistas (trabajadores en huelga encubierta y huelguistas que no se han ausentado del trabajo, porque no tienen).

  2. Imposibilidad de que con la huelga se cambie la reforma laboral: la huelga tenía como objetivo visibilizar el descontento social con la reforma. Sostener que la huelga buscaba parar la reforma es una falacia que permite tacharla de fracaso desde el mismo momento en que se convoca. Y es que lo del 29 de marzo no era una revolución, era una huelga.

  3. “Huelga violenta”: esta etiqueta calificativa sufrió algunas mutaciones a lo largo del día, entre el discurso de la mañana y el de la tarde-noche. Por la mañana la huelga era violenta porque había violencia; era entre “huelguistas/piquetes y la gente que quería ir a trabajar”, por la tarde la huelga era violenta porque había violencia, era entre violentos y Mossos. Y así, pese a que la huelga era contra la clase política, patronal y/o sistema económico, quedaron exentos de todo debate o consideración, se construyó un discurso en el que la huelga era de “radicales” contra “ciudadanos de bien” y policía.

La manipulación subterránea del concepto huelga también ha sido considerable: “la huelga es cosa de los trabajadores, porque sólo a ellos les afecta la reforma laboral” a la vez que “la huelga no es cosa de los trabajadores porque ellos son los afortunados que tienen empleo”. Resultado: causa de la huelga difuminada e imprecisa, no es el paro y tampoco la reforma laboral, desearían decirnos directamente que no hay causa y que no hubo huelga. Esta confusión en las causas facilita perder la noción del conjunto de lo sucedido ayer y asumir como una verdad incuestionable que la huelga fue en sí misma un acto violento.

Volvemos a la cita de Huxley y no acabamos de entender el uso que se le está dando. O quizás sí: suponemos que en el fondo no nos gusta asumir que el panorama está peor de lo que desearíamos, suponemos que a todos nos asusta poner en duda lo que dábamos por sentado, suponemos que en el fondo queremos creer que todo esto tiene algún sentido y que los políticos están pensando a largo plazo y en el beneficio social, suponemos que todos desearíamos pensar que lo peor de la huelga de ayer fue que ardieron 20 contenedores.

Empezamos a suponer que vivimos en “Un mundo feliz”.

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Isabel Cruz y Patricia Rivero
30 de Marzo de 2012
Artículo original publicado en Kaos en la Red

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