Jul 24 2012

Por una sociología pública, de Ruy Braga y Michael Burawoy

Reseña de Por una sociología pública de Ruy Braga y Michael Burawoy (Alameda Press, 2009) 

Por Luis Martínez Andrade.  Publicado en ladobe.com.mx, 12 julio, 2011

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De izquierda a derecha: Michael Burawoy y Ruy Gomes Braga

Los sociólogos Michael Burawoy y Ruy Braga nos ofrecen un excelente texto sobre la relevancia –incluyendo desafíos y proyecciones– de una sociología pública orgánica que pugna abiertamente por la defensa de la humanidad (p. 65). Sin soslayar el rigor teórico y metodológico que todo científico social debe asumir en la producción de su trabajo intelectual, los autores reivindican la potencialidad de la palabra “compromiso” (engajamento). Es precisamente esta actitud de un militantismo comprometido con la verdad –en sentido leninista– que tanto Burawoy como Braga se decantan por el uso político y social de la sociología pública.

  1. Amparado benjaminianamente en el ángel de la historia, Burawoy presenta en 11 tesis sus nociones y matrices sobre la sociología profesional, crítica, pública y para políticas públicas (p. 20). Para él, la sociología pública no es precisamente la negación de la sociología profesional sino su posible complementariedad. Empero, por otra parte, si bien el conocimiento instrumental y, por tanto, su racionalidad en ocasiones pueden ejercer dominio en el desarrollo de la sociología profesional, la fuerza de contención a dicha dinámica se expresa en la sociología crítica. Burawoy subraya la distinción entre una sociología pública y una sociología para políticas públicas, puesto que la primera intenta una relación dialógica entre sociólogo y público mientras que la segunda está al servicio de un objetivo definido por algún cliente. Tampoco –nos advierte Burawoy–, significa que estén en posiciones irreconciliables (p. 29).

Michael Burawoy recupera la importancia del sociólogo W.E.B. Du Bois como paradigma de la sociología pública en tanto “avenida para los marginados, los excluidos de la arena política y los excluidos de la academia” (p. 39). Sin embargo, Burawoy también reconoce los efectos perversos de un sistema que mercantiliza (commodifying) no sólo el trabajo material sino incluso el intelectual, corrompiendo los compromisos morales que en un inicio orillaron a algunos estudiantes a inclinarse por la sociología (tesis V). En este aspecto, el autor muestra de manera límpida la tensión entre un habitus sociológico y la estructura del campo disciplinar.

Recorriendo a “vuelo de pájaro” la historia de la sociología en los Estados Unidos, el autor sostiene que teniendo como marco los movimientos sociales de la década de los setenta, nuestro “ángel de la historia” parecía haberse elevado, pero con la oleada de reformas neo-liberales en la década de los ochenta nuestro ángel fue nuevamente batido. Afortunadamente dicho declino duró por un breve tiempo. Para Burawoy el capitalismo en su actual fase coloca realmente en peligro la dimensión reflexiva de la sociología. Ese recuento del desarrollo de la sociología en los Estados Unidos lleva a Burawoy a reconocer sus límites históricos y sociopolíticos y, por ende, reconoce el estado de la sociología pública norteamericana –provincializando dicha particularidad– y su relación con la sociología pública de África del Sur o Brasil, por citar algunos ejemplos.

  1. En O pêndulo de Marx: Sociologias públicas e engajamento social, Ruy Braga expone de manera sucinta la influencia de Marx y su relación con la(s) sociología(s) pública(s) y crítica(s), en la trayectoria de las ciencias sociales. Para este sociólogo brasileño, podemos extraer tres aportes del filósofo de Tréveris: a) la crítica a la reificación y, por tanto, a las apariencias, b) el carácter histórico de la forma social, es decir, su dinámica transitoria y c) la crítica al pensamiento positivista representado en la escuela de Comte (el filósofo de Montpellier) que justifica, en cierto sentido, la dominación capitalista. Retomando el planteamiento de Wallerstein, Braga refrenda a Marx dentro del triunvirato sociológico representado también en las figuras de Durkheim y Weber.

Para Ruy Braga, el espectro de Marx puede rastrearse en la obra de Pierre Bourdieu. La figura de Bourdieu en la historia de la sociología no es ínfima, no sólo por sus aportes teóricos y analíticos sino por su compromiso social con los movimientos de contestación al modelo neoliberal. En este sentido, Braga sostiene que “el militantismo bourdieusiano” generó, por un lado, un debate sobre la relación del investigador con su acción política y, por el otro, actualizó la vieja cuestión de la relación entre teoría y práctica (p. 82). La misère du monde marca el desplazamiento de un Bourdieu crítico a un Bourdieu en tanto sociólogo público –apunta Braga.

En concordancia con la posición de Benjamin y Gramsci, Braga recupera el papel y la fuerza  de las clases subalternas como “sujetos de conocimiento histórico” (p. 107), por ende, como clase combatiente y oprimida. En ese sentido sugiere que la tarea del intelectual orgánico no es sólo la des-fetichización de las relaciones sociales sino, a su vez, la elaboración coherente de los problemas puestos por la sociedad. De ahí que, la diferencia entre la sociología pública tradicional y la sociología pública orgánica es la centralidad axiológica del conocimiento de los subalternos.

  1. El Informe de la Comisión Gulbenkian coordinado por I. Wallerstein, se ha convertido en una obra de referencia para los sociólogos que plantean la necesidad de una apertura de las ciencias sociales. En dicho informe se mencionaban tres problemas en la redefinición de las ciencias sociales, estos son: a) el falso universalismo del pensamiento occidental que fundó a las ciencias sociales, b) la anacrónica división de las ciencias sociales en relación a sus objetos de estudio y, c) cierta metodología positivista que guía a las ciencias sociales. Por ello, la Comisión sugería la unificación del conocimiento disciplinar dentro de las ciencias sociales dando como resultado una reconciliación entre las humanidades y las ciencias naturales. No muy distanciados del sueño positivista que otrora postulara la teoría general de sistemas. Sin embargo, por su parte, Burawoy formula la siguiente cuestión: ¿Abrir las ciencias sociales? ¿Para quién y para qué?

Burawoy identifica la propuesta de la Comisión como una utopía totalizante y abstracta (p. 122) en el sentido de omitir las relaciones reales de producción material del conocimiento y, sobre todo, de su contexto socio-temporal e histórico. Me explico. Mientras que para Wallerstein la creación de las ciencias sociales en compartimentos definidos está íntimamente ligada a la configuración del sistema-mundo en el siglo XIX –y dicha parcialidad había sido no sólo un atavismo teórico y epistémico sino que, también, había favorecido los intereses occidentales– su superación, orquestada por una ciencia-social histórica, sería la conciliación entre ciencias naturales y humanidades; para Burawoy dicha superación no debe ser la reconciliación de esos campos sino la concordancia entre conocimiento instrumental y conocimiento reflexivo, esto es, acentuar las contradicciones que se esconden bajo el intento de un “positivismo metodológico”. Burawoy subraya que la disolución de las fronteras entre las disciplinas y su unificación podría ser factible en un mundo totalitario (p. 125) pero en el contexto del capitalismo contemporáneo su unificación sería aún más coercitiva puesto que en el proceso de mercantilización (en su tercera ola) las ciencias sociales estarían subyugadas a los intereses de la economía. Si Burawoy invita a una apertura de las ciencias sociales, ella debe ser hacia el conocimiento reflexivo y hacia las audiencias extra-académicas, particularmente, a los grupos amenazados tanto por la tiranía del mercado y la represión del Estado, por ende, la defensa de la sociedad continúa siendo el objetivo de la sociología pública orgánica.

  1. Polemizando con Wallerstein, Burawoy parte de las sociologías realmente existentes que tienen como base sus divisiones de estudio y sus conexiones con la sociedad civil para señalar que la sociología únicamente puede desafiar al pensamiento hegemónico aferrándose a su autonomía. De ahí que Burawoy reproche cierta ingenuidad en Wallerstein –y en sus seguidores– al asumir que las formas de dominación y explotación se encuentran con igual densidad en todos los contextos políticos y sociales sin ni siquiera pensar que dicha propuesta puede dejar a la sociología indefensa ante los embates del Estado y los intereses del mercado. En ese sentido, nosotros –arguye Burawoy– hacemos nuestra propia sociología bajo condiciones que no necesariamente escogemos (p. 148). Analizando la producción en regímenes pos-coloniales (India) y pos-autoritarios (América Latina), Burawoy muestra la importancia del diálogo establecido entre las sociologías críticas y profesionales que han dado como resultado propuestas innovadoras en el campo de la teoría social como de las políticas públicas: la teoría de la dependencia latinoamericana, por mencionar un ejemplo.
  2. La relación entre la sociología pública y la sociología de la educación es abordada por Braga desde una posición partisana, esto es, en desconfianza hacia el mercado y los gobiernos. Para Braga, por medio de la sociología pública se puede promover el contacto entre estudiantes de sociología con estudiantes de enseñanza media puesto que, finalmente, son los estudiantes de sociología (como investigadores en ciernes y como actores sociales en turno) la audiencia más importante. Aunque Braga no descarta la importancia de la sociología profesional en la programación de los contenidos curriculares, pondera su ejercicio en la elaboración de un campo reflexivo común, por ende, el desafío será la construcción de dicho campo como “laboratorio de experiencias” (p. 170).
  3. Burawoy identifica cuatro opciones en el quehacer sociológico dentro de la tercera onda de mercantilización. Por tercera onda, el autor entiende al proceso en el que las garantías conquistadas en el pasado (derechos sociales, laborales, etc.) son eliminadas y, al mismo tiempo, la reducción de la naturaleza al ámbito mercantil es total. Dentro del estrecho abanico de posibilidades que se le presentan al sociólogo, Burawoy identifica: a) la inclinación del sociólogo por el Estado en contra del mercado, b) el aislamiento del sociólogo en su torre de marfil apelando a la autonomía de su función, c) la producción de discursos y/o arengas que invoquen bajo preceptos morales la transformación del mundo pero con restricción al debate entre especialistas e iniciados y, finalmente, d) “una cuarta vía que rehúsa colaborar con el mercado y con el Estado, puesto que, toda ciencia sin política es ciega y toda crítica sin intervención es vacía” (p. 176), por tanto, la praxis sigue siendo condición sine qua non en la teoría crítica.

Analizando las fases de mercantilización en África del Sur, Rusia y los Estados Unidos, el sociólogo americano expone los mecanismos de expoliación que el capitalismo en su forma neoliberal opera. Siguiendo a Polanyi, Burawoy sostiene que si en la primera onda de mercantilización se gestó una reacción contra la trasformación del trabajo en mercancía y en la segunda onda se generó la reacción contra la trasformación del dinero en mercancía; más allá de Polanyi, Burawoy observa que en esta fase se produce una reacción contra la transformación de la tierra (ergo la naturaleza) en mercancía. Es por ello que Burawoy alude la cuestión ecológica como punto medular de los conflictos contemporáneos y, a diferencia de Wallerstein que identifica una función estabilizadora a las “semi-periferias”, Burawoy reconoce su carácter explosivo y precisa que es en las semi-periferias donde se fraguan las luchas por la defensa de la tierra, la naturaleza… de la humanidad tout court.

  1. Michael Burawoy menciona que si analizamos la “sociología radical” de la década de los setenta notaremos su excesivo carácter académico y en completa disonancia con la realidad concreta. Indudablemente los movimientos anti-sistémicos de finales de los sesenta, a través de las luchas contra la discriminación racial, sexual, entre muchas más; dotaron a la sociología de nuevas perspectivas y nuevos planteamientos teóricos. La importancia de la perspectiva feminista podría ser un ejemplo de ello (p. 245).  Sin embargo, la década de los noventa se caracteriza por un mundo más reaccionario, un momento histórico que se destaca por “la tiranía de los mercados y el despotismo de los Estados que han agudizado la desigualdad y suprimido las libertades tanto entres las naciones como en el interior de ellas” (p. 207) y, por tanto, la función de la sociología estaría ligada a la defensa de la sociedad civil. ¿Pero qué entiende nuestro autor por sociedad civil? Para él, en la sociedad civil se expresan las contradicciones de la formación histórica y económica, de ahí que, aludiendo a Jano, Burawoy mencione que la sociedad civil por un lado, es un herramienta de dominación y, por el otro, un escaparate para promover formas de autodeterminación (p. 217).
  2. Por su parte, Ruy Braga y Marco Aurélio Santana desarrollan un análisis sobre la relación entre la sociología del trabajo y el sindicalismo en Brasil. Los autores identifican tres fases: la primera ligada a la profesionalización de la disciplina en las décadas de los cincuenta y sesenta, la segunda expresada en el fuerte compromiso político-social de las décadas de los setenta y ochenta y una tercera articulada a las políticas públicas de finales del siglo XX. Para Braga y Santana, el contexto político e histórico de Brasil influyó en la configuración del “viejo” y del “nuevo” sindicalismo, en ese aspecto, la década de los ochenta marca un parte-aguas en el desarrollo del sindicalismo brasileño.

La emergencia de una sociología pública “orgánica” del trabajo se hizo evidente en las décadas setenta y ochenta según estos autores, puesto que se gestó un “vínculo orgánico” entre investigadores y sindicalistas. Dicho vínculo será axial en el proceso de democratización en Brasil. Sin embargo, la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva produjo un cambio de perspectiva dando como resultado un interés en las políticas públicas.

  1. En el contexto norteamericano, Burawoy señala que Harry Braverman marcó un cambio en los estudios dentro de la sociología del trabajo ya que interpretó, desde una perspectiva marxista, el proceso del trabajo capitalista. Evidentemente el texto de Braverman –publicado en 1974– se encontraba en el contexto no sólo de la crisis estructural sino, también, en el marco de la “muerte del estructural-funcionalismo” (p. 244) y, por tanto, la obra de Breverman no pasó desapercibida. Otro factor, observado por Burawoy, es la relación cada vez más fuerte entre el “nuevo” sindicalismo norteamericano y el mundo académico, el Instituto del Trabajo y el Empleo fundado en 2000 en California mostraría dicho vínculo.
  2. Para entender la trayectoria de la sociología pública, a partir de Brasil, Ruy Braga, Sylvia Gemignani Garcia y Leonardo Mello e Silva analizan dos figuras paradigmáticas de la escuela brasileña: Florestan Fernandes y Francisco de Oliveira. El primero, fruto de la primera generación intelectual formada por maestros franceses, creó las bases de una “Escuela Paulista de Sociología”. Aunque Fernandes fungió como “intelectual participante” no por ello minimizó la rigurosa formación básica del científico social. Defendiendo una “teoría general de la ciencia”, Fernandes sostenía que “el surgimiento de la sociología estaba ligado a las necesidades socio-culturales de la sociedad de clases” (p. 259). Sin embargo, la función social del científico es la creación de conocimiento en su campo específico y defender públicamente las condiciones materiales y morales de la producción de dicho conocimiento. Por su parte, la trayectoria de Francisco de Oliveira también muestra la relación entre una sociología profesional, crítica, pública y para las políticas públicas. Miembro de la Sudene (Superintendência de Desenvolvimento do Nordeste) y uno de los creadores del Partido del Trabajo en 1980 para posteriormente participar activamente en la campaña de Lula de 1989, Francisco de Oliveira representa también esa relación entre el intelectual comprometido y el científico riguroso. Por tanto, concluyen los autores que tanto Fernandes como Oliveira expresarían la convergencia de las cuatro tipos de sociología que propone Burawoy.
  3. El texto de Ruy Braga y Michael Burawoy es un conjunto de artículos publicados y otros inéditos pugnando por un proyecto disciplinar que tiene como objetivo la interdependencia e interconexión de las cuatro sociologías (profesional, crítica, pública y para políticas públicas) y como “hilo conductor” la defensa de la humanidad, por tanto, no podemos sino reconocer no sólo su valioso aporte para los científicos sociales comprometidos con la verdad y saludar de buena gana su obra por tener también un carácter emancipatorio.

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Nota:

Luis Martínez Andrade es sociólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla donde recibió las distinciones Cum Laude y Ad Honorem. Actualmente estudia el Doctorado en Sociología en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. En 2009 recibió el Primer Premio del Concurso Internacional de Ensayo “Pensar a Contracorriente”.
 
Este texto fue publicado originalmente en portugués en la Revista Estudos de Sociologia vinculada al Departamento de Sociología y Posgrado en Sociología de la UNESP, Campus Araraquara, 2010/Vol. 15. No. 29, Brasil, p. 587-592
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Por una sociología pública

A continuación se adjunta el artículo Por una sociología pública de Michael Burawoy en la American Sociological Review vol. 70 (Febrero 2005), traducido al castellano. También fue publicado en Revistas Científicas de la ComplutensePolítica y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 1: 197-225, y se puede descargar el texto completo aquí: PDF.

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