Abr 25 2013

Una encrucijada para la Unión Europea

Por Rafael Domingo | Estudiante de Ciencia Política en la UNED

Efecto de la crisis económica y financiera en el proceso de integración europea y en los estados miembros de la Zona Euro

Cuando Jean Monnet propone, en 1950, un acuerdo (CECA) sobre la producción y comercio del carbón y el acero (materias primas básicas para la industria bélica), lo hace por una razón originaria muy humana: evitar que la violencia y la guerra vuelvan a asolar el territorio de Europa. Atienden a su deseo seis países: Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, éstos tres últimos aportando su bagaje de experiencia común en la integración económica reducida del Benelux.

La exitosa prueba de la CECA impulsó a los “padres europeos” en su deseo de ampliar los ámbitos sobre los que configurar un mercado común, para luego caminar hacia una moneda común y, como horizonte lejano, lograr una unión económica y política de todos los Estados europeos que así lo desearan.

Tras más de 60 años de arduas vicisitudes, nos encontramos con una Unión Europea utilizando una moneda única, el euro, en 16 de sus 27 miembros,  y con varios países optando para formar parte de este selecto grupo. Grupo que representa una región económica de 500 millones de consumidores y que tiene la primacía comercial mundial.

Ciertamente se han conseguido objetivos importantes. Se ha consolidado una situación en la que las posibilidades de conflictos bélicos entre los Estados europeos, una vez superadas las incertidumbres balcánicas de los años 90 del pasado siglo, están totalmente descartadas, razonablemente. Las economías se han igualado, en gran medida, respecto a los desequilibrios iniciales, a pesar de que se ha afrontado un proceso de ampliación bastante acelerado, sobre todo tras la entrada de un número importante de países  (10 países de golpe en 2004), algunos de los cuales habían pertenecido al ámbito de la URSS, hasta el colapso del sistema comunista soviético.

Actualmente, el proceso de integración europea se está viendo sacudido por los efectos que la mayor crisis económica de la historia, solo equiparable a la de los años 30 del siglo XX, en varios aspectos, de los que me gustaría resaltar dos en concreto:

  1. Aspecto económico: los países europeos de la zona euro han experimentado un decrecimiento de su PIB significativo, pasando de un +3,2 en diciembre de 2006,  a un -0,6 en diciembre de 2012, tras hundirse en diciembre de 2009, con un espectacular descenso del -4,4, con un esporádico repunte en diciembre de 2010 y 2011 del +2  y +1,4, respectivamente, pues para 2013 se prevé un decrecimiento entre el -0,01 y el -0,9, no remontando en el 2014 más allá de un +2, en el mejor de los escenarios. (Véase PIB de la Zona Euro en datosmacro.com y artículo «Draghi empeora las perspectivas de crecimiento para la zona euro en 2013 y 2014″ en abc.es)
    Fuente: www.datosmacro.com

    Fuente: www.datosmacro.com

  2. Aspecto social y político: la desigualdad social se ha incrementado, siendo especialmente sangrante la situación de nuestro país (véase artículo «España es el país con mayor desigualdad social de la Unión Europea» en Tendecias21.net), y más allá de cifras, se está asistiendo a una desafección ciudadana muy significativa, en dos direcciones. Los habitantes de los países centrales, por ejemplo Alemania, están interiorizando que todos sus impuestos van destinados a políticas de ayuda de unos países periféricos, casi todos situados en el sur de Europa, sin que observen ninguna ventaja en ello; además, escuchan argumentaciones de sus dirigentes, a veces de manera irresponsable, que ponen el foco en la indolencia e irresponsabilidad en las prácticas de gasto en esos países, a su costa. Cuestión no baladí, cuando podemos acceder a datos históricos que refutan muchas de las posiciones actuales que quieren imponer una austeridad a rajatabla (véase artículo «La austeridad alemana, entre el dogma y el ajuste de cuentas. Grecia como paradigma» en nuevatribuna.es) y artículo «Soros pide a Merkel liderar la salida de la crisis o abandonar el euro» en expansion.com). Por otro lado, las poblaciones de los países más afectados por los efectos de dicha crisis, muy castigados por las decisiones que se están tomando para afrontarla, con profundos recortes en el gasto público, a la vez que se ve cómo se está destruyendo empleo de una manera acelerada, y que las previsiones de futuro que les aportan sus dirigentes no pasan de ser meras intenciones de mejora que no acaban de convencerles, empiezan a cuestionar la pertenencia a un grupo integrado como pretende ser la UE, en concreto la Zona Euro, como algo no tan beneficioso como se les ha querido convencer. Esta percepción negativa puede empezar a plasmarse en un apoyo mayor a opciones políticas que propugnan incluso la salida de la economía del euro para algunos de esos países, apoyados en unos hechos que se concatenan, llegando a ser ya materia de apuestas, incluso (véase artículo «España e Italia encabezan las apuestas por su salida del euro» en elblogsalmon.com).

La actualidad en Chipre ha incorporado otro elemento de desasosiego al panorama caótico que sigue el proceso europeo. Lo que un día parece una decisión firme sobre las medidas que debe tomar el gobierno de ese país para que sea factible la ayuda que necesita, pues parece ser que está a punto de entrar en quiebra, según las noticias que se escuchan, implicando el incumplimiento de una norma que se dio la propia UE sobre las garantías de los depósitos bancarios hasta 100.000 euros, se reconsidera poco después, ante el rechazo del Parlamento chipriota y la evidente indignación de sus ciudadanos y de mucha más gente en toda Europa. Este proceder es calificado por muchos expertos como un verdadero desastre chapucero. ¿Cómo quieren los dirigentes de la UE que los europeos nos sintamos representados por estas instituciones que parecen estar haciendo experimentos con animales de laboratorio? (Véase «Cronología del rescate a Chipre» en cadenaser.com).

Encima, se mezcla en el ya de por sí complicado escenario de la gestión de la situación del euro, en este caso a cuenta del sistema bancario hipertrofiado chipriota, otro actor externo a la UE, pero que adquiere relevancia incluso geoestratégica. Me refiero a que los mayores depositantes en los bancos chipriotas son ciudadanos de Rusia, que acudieron a ellos atraídos por la facilidad ofrecida en ellos para realizar operaciones, algunas de las cuales pueden considerarse ya como “blanqueo de capitales”, en un país de la Zona Euro y tolerado por las autoridades comunitarias. Un  “paraíso fiscal” vergonzante y vergonzoso. Por supuesto, Rusia ha protestado ante el perjuicio que van a sufrir sus ciudadanos, a los que, independientemente de la consideración moral de sus actividades bancarias, se les han cambiado las reglas del juego a la mitad de la partida, como se suele decir. Todavía se recuerda que con otros países, no siendo igual el carácter de la medida, por supuesto, se reaccionó virulentamente cuando adoptaron medidas nacionalizadoras sobre sus recursos naturales, afectando a empresas europeas (véase artículo «Venezuela lidera lista de expropiaciones en América Latina» en globovision.com).

Claro que, visto desde el punto de vista del nuevo paradigma para los Estados, la tan traída y llevada GOBERNANZA MULTINIVEL, puede que estas vicisitudes sean las propias del desarrollo consciente y programado de lo que se entiende como mecanismos paulatinos de toma de decisiones a medida que se van dando los acontecimientos. Es muy poco creíble que la gente que tiene en su mano tomar esas decisiones, lo haga tan caóticamente, de manera improvisada.

Nadie puede tener la certeza de lo que va a ocurrir en un futuro.  Para solventar este proceso histórico de la integración europea con éxito, deberán articularse medidas en muchos frentes. Frente económico, político, social, etc.

Conclusiones

A mi entender, dichos frentes deberían tener como objetivos básicos dos aspectos o ejes principales de actuación, en general:

1º) Aprovechar la crisis económica para aprender del pasado, haciendo posible un nuevo       modelo económico que prime los aspectos de la sostenibilidad y el desarrollo de sectores    que incorporen valores añadidos, no especulativos. Eso incluye una regulación (concepto   incluso utilizado por los liberales sensatos) de los sectores financieros, que los coloquen al   servicio de la economía común de las personas, no al servicio de los intereses privados      exclusivamente.

2º) Avanzar definitivamente por la implicación democrática de la población de los países      europeos, con un nuevo impulso hacia la concienciación de la ciudadanía europea, con sus     derechos y obligaciones respecto a sus representantes políticos. Esta cuestión es ya un       clamor en muchos de los países, sobre todo en los castigados por las medidas más duras de    ajuste. No se puede querer construir un espacio de integración de Estados soberanos, al     margen de sus legítimos detentadores de esa soberanía, al margen del sistema de gobierno     que tengan cada uno de ellos. Es una irresponsabilidad colosal que la gente, tarde o    temprano, hará pagar a sus dirigentes.

Por supuesto, la dificultad es inmensa, y se puede entender que las fuerzas que actúan en este escenario son enormes. Sí que puede decirse que estamos ante una encrucijada en la que no sabemos qué dirían al respecto los “padres europeos” (Monnet, Schuman, Spaak, Adenauer, etc…).

Algunos de los políticos relevantes en la fase de impulso final comprometidos con un europeísmo más decantado, como Felipe González, han intervenido en un Comité de Sabios, espacio de reflexión abierto en 2007, para intentar aportar nuevos impulsos al proyecto. En 2010 presentaron un informe en el que, entre otras muchas consideraciones, ponían de manifiesto una cruda realidad:

El dilema para la UE es claro, reformarse o  decaer

Cuando hay esta sensación de incertidumbre tan patente, en medio de unas exigencias a la ciudadanía tan brutales como las que estamos soportando en todos los ámbitos de lo que, hasta no hace mucho, nos parecía un Estado de Bienestar, incompleto pero positivo, todo pronóstico es arriesgado. Tal vez lo único a desear sea que se vuelva a retomar el espíritu constructivo que generó el mayor intento de integración, hasta la fecha, hecho por la sociedad humana.

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